Jueves 11 de junio 2026

Caudillismo predatorio solo busca privilegios



94 vistas

El caudillismo se ha apoderado de la política y de la representación en Bolivia. La profunda crisis de los partidos tradicionales ha permitido prosperar a líderes personalistas que ya no necesitan de un bloque parlamentario para gravitar en el poder; les basta con un puñado de seguidores leales para tomar las calles y estrangular el país con bloqueos. Hoy, las organizaciones políticas bolivianas operan frecuentemente como plataformas coyunturales, siglas de alquiler o "cascarones vacíos" desprovistos de programas ideológicos de largo plazo.



Cuando el ciudadano constata que el sistema formal o un parlamentario son incapaces de resolver sus demandas cotidianas de salud, empleo, tierra o seguridad, traslada su expectativa de representación a intermediarios directos: sindicatos, federaciones, comités cívicos o asociaciones gremiales. El caudillo entiende esta mutación perfectamente: prefiere pactar o confrontar de manera directa con estos bloques corporativos. Así, la institucionalidad del voto formal y el debate legislativo son reemplazados por la "democracia de la calle" o por la negociación discrecional en el despacho presidencial.



En este escenario, las nuevas tecnologías y las redes sociales, lejos de democratizar u horizontalizar la política, han atomizado el mapa del poder, permitiendo la multiplicación de "microcaudillos" o caudillos cantonales. Si antes el caudillismo requería de una gran estructura nacional o de un aparato partidario robusto, hoy solo se necesita un teléfono inteligente, una cuenta de TikTok o una transmisión de Facebook Live. Un discurso lo suficientemente estridente o identitario basta para edificar un feudo digital y político propio.



"Todos quieren comer de la misma torta". Esta frase describe con precisión quirúrgica la esencia de la crisis: la política entendida no como un proyecto colectivo o de gestión pública estratégica, sino como una disputa predatoria por espacios de poder, presupuestos, pegas u obras específicas como el asfalto local, la sede social o la cuota de poder en la región.



Al multiplicarse estos liderazgos personalistas a nivel local y cantonal, la gobernabilidad se pulveriza. Se vuelve casi imposible articular proyectos metropolitanos, departamentales o nacionales de largo aliento, porque cada microcaudillo exige su tajada como condición para no marchar o no bloquear. Mientras tanto, la institucionalidad partidaria se anula; un mal que sufren por igual oficialistas y opositores. Ya no existen disciplinas de bloque, sino una confederación de intereses individuales donde cada líder cuida exclusivamente su parcela.



El tablero boliviano se rompe así en dinámicas de interés sectorial. Es lo que la ciencia política denomina "corporativismo predatorio", un fenómeno que el politólogo Mancur Olson explicó magistralmente en La lógica de la acción colectiva. Olson demuestra que los grupos de interés pequeños y fuertemente organizados —como ciertos sectores de transportistas, gremiales, mineros o facciones locales— tienen incentivos muy altos para movilizarse y capturar rentas o privilegios del Estado, siempre a costa del bienestar y el bolsillo de una mayoría desorganizada.

*Periodista y docente universitario