Me gusta pensar bien de la gente y por eso me resisto a creer que ésta se equivoca o hace las cosas mal, adrede. Convencer de ello -con tantos cambios en las reglas de juego- a quienes se les impide hacer cosas buenas como arriesgar más, invertir más, producir más, exportar más y generar más empleo, no es tarea fácil. Pero, no me rendiré y seguiré pensando que quienes se equivocan o hacen mal las cosas es por su inexperiencia, falta de información, un mal cálculo o porque no se dejan asesorar para hacer bien las cosas, como debieran.
Probablemente diga Ud. que hay gente de bien pero también los que hacen cosas no tan buenas. Sí, pero creo que son los menos. Me refutará: ¡Basta uno para hacer daño! Entonces yo le preguntaré: ¿Qué hace Ud. para evitarlo? Preguntará entonces: ¿Qué es bueno y qué es malo? Y como el tema da para mucho, le invito a discutirlo en mi flamante cuenta de Facebook...
Es cierto que intentar hacer el bien no basta y que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.
Sobre los gobernantes, v.gr., parto del hecho -generalizando siempre- que buscan el poder para hacer el bien, y aunque hay excepciones de quienes hacen cosas buenas primero para sí mismos, espero que no sea el caso de los que administran el Estado boliviano.
En este orden de ideas, pongo sobre la mesa el pedido de cierta “Federación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de las Cuatro Provincias del Norte” que presiona al Gobierno para que obligue a las industrias cruceñas a pagar un mayor precio por la soya a fin de mejorar sus ingresos. Una buena intención que -con una mala decisión del Ejecutivo- lo complicaría todo.
Lo sabe la poderosa ANAPO que con sus 14.000 productores de soya, girasol y trigo, salió al frente no solo a pedir al Gobierno que no fije el precio de la soya, sino a plantear -como gente de bien- una solución conjunta entre la agroindustria, exportadores y productores de la más importante cadena agroproductiva del país, como siempre se lo ha hecho y ha funcionado.
Es de esperar que el Gobierno haga las cosas bien y no se equivoque, pues no sería bueno exigir a la industria que pague un precio justo (alto) por la soya, cuando se la obliga a vender sus derivados a precio justo (bajo) en el país, peor cuando su cotización internacional va de bajada. Una buena decisión sería liberar irrestrictamente la exportación de la torta, harina, aceite y el grano de soya. Entonces el mercado determinaría el precio realista y justo para la soya y todos ganarían.
* Economista, Magíster en Comercio Internacional
Fuente: El Deber
Santa Cruz, 3 de abril de 2013
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