Viernes 23 de octubre 2026

Medios: La obsesión temeraria, de la Ley al algoritmo



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No existe otra forma que los medios de comunicación para que un gobierno pueda llegar a una ciudadanía usualmente alejada del poder y de la política. Ese hecho los torna imprescindibles para gobernar. Quien asume el poder debe, necesariamente, elaborar una estrategia con la que puede, o no, conquistar a la población. Mediante la comunicación un gobierno llega a las mayorías, pero también toma contacto con las minorías, cada vez más influyentes desde que vivimos en sociedades diversas, hoy informadas a través de los medios, las redes y los algoritmos.

Es real que la centralidad de la comunicación es la mejor inversión que un gobierno puede hacer para garantizar la sustentabilidad de su imagen a través del tiempo. Sin embargo, cuando un régimen trata de huir hacia adelante pretendiendo evitar el costo político de una errada conducción, es cuando le aflora la tentación de manipular la información, para convertir la forma en contenido.

Se explica que en dictadura, la amenaza y la cárcel, enmudecen y domestican de manera automática a la prensa. Pero, ¿en democracia? Una cosa es construir opinión pública procurando el respaldo de la sociedad, otra muy distinta es hacerlo presionando a los medios o ahogando las voces opositoras. Lo insólito es que en el país esta notoria tensión nunca alcanzó tan alto nivel.

No se entendió entonces por qué el gobierno decidió limitar el acceso de los medios a la información gubernamental, y afirmar que con la nueva Ley de Medios pretendía la democratización de la palabra, cuando en realidad procuraba la revolución de la palabra, al intentar adecuarla a un proceso hegemónico y autoritario. Una prensa que, con sus aciertos y errores, ha venido acompañando el desarrollo de la República. Lo que al principio parecía una maniobra audaz o atrevida, con esa ley, se transformó en una obsesión temeraria.

Si entonces la tentación era adecuar la palabra mediante una ley, hoy la tentación se ha vuelto más sofisticada y por eso más peligrosa. Ya no se trata solo de limitar el acceso, sino de inundar el espacio público hasta volver irrelevante la verdad.

El poder entendió que no necesita enmudecer a la prensa si puede ahogarla. ¿Para qué clausurar un periódico si puedo crear cien portales anónimos, mil cuentas falsas y un ejército de voceros que repitan hasta el cansancio que la crisis es un invento mediático? La revolución de la palabra que denunciábamos entonces ha mutado en la saturación de la palabra.

Aquí aparece la paradoja de nuestro tiempo. Nunca el ciudadano tuvo tanto acceso a la información y nunca se sintió tan desinformado. Exige de la comunicación precisamente aquello que el poder desea ocultar, o simplemente no quiere decir. Pero ahora ese ocultamiento no se hace con silencio, sino con ruido. Se oculta la inflación con la polémica sobre un periodista. Se oculta la falta de combustible o de dólares con la pelea con un gobernador. Se oculta la mala gestión con un enemigo nuevo cada mañana.

Los medios tradicionales, con todos sus defectos, al menos tenían un responsable, una línea editorial, un lugar donde reclamar. Hoy, ¿a quién se le reclama por una mentira que circula en TikTok a las dos de la mañana y que a las siete ya ha decidido una percepción electoral? El Estado, que debería ser el garante del debate limpio, se ha convertido en su principal contaminador.
No debería ignorar el gobierno que los medios solo son exitosos cuando exponen las dudas, los valores y los temores de una sociedad que en democracia intenta expresarse a diario y no solamente cuando le toca votar.

Por eso la pregunta original sigue intacta, pero exige una actualización: ¿No puede coexistir un gobierno que se dice promover transformaciones profundas, junto a un periodismo que ejerza un rol informador e indirectamente fiscalizador? Y hoy debemos agregar: ¿Puede sobrevivir la democracia cuando el poder no solo quiere controlar los medios, sino fabricar directamente la realidad a través del algoritmo?

Quien ha alcanzado el poder debe recordar que el respaldo popular en las urnas no otorga el derecho de avanzar contra todo límite al punto de cambiar las reglas con las que fue elegido. Y que la imagen que se sostiene con pauta, con trolls y con miedo es como un edificio sin cimientos. Aguanta mientras hay plata para sostenerlo, pero se derrumba al primer viento de realidad.

Quien gana una elección gana el derecho a gobernar, no el derecho a definir qué es verdad. Quien pierde la capacidad de escuchar una crítica incómoda en un titular, termina no escuchando el grito de una calle. Esa fue la obsesión temeraria de ayer con una ley. La de hoy, con mil pantallas encendidas, es infinitamente más temeraria.