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Recientemente fui entrevistado en el programa Simióticas de la Revista EnergíaBolivia, donde conversamos sobre la situación social que atraviesa Europa y la coyuntura de nuestro país.
Europa experimenta una intensa crisis de malestar ciudadano marcada por una oleada de protestas callejeras en diversos países como Francia, España, Italia, Bélgica, Albania y Portugal. Las causas principales de este fenómeno son cuatro: a) el costo de vida y estancamiento salarial, impulsados por una inflación que ensancha la brecha entre los precios básicos y el poder adquisitivo real de los trabajadores; b) la crisis de la vivienda, exacerbada por los alquileres turísticos de corta duración que expulsan a gran parte de la población de los hogares asequibles; c) el deterioro del Estado del bienestar, reflejado en el debilitamiento de la sanidad, la educación y las pensiones; y d) el descontento juvenil, liderado por una "Generación Z" atrapada en la incertidumbre laboral y la falta de proyectos de futuro.
Este caldo de cultivo económico y social ha estimulado el crecimiento de formaciones políticas radicales y de extrema derecha que alcanzan un alto respaldo electoral. Ante ello, el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, ha advertido sobre los episodios de violencia, pero también sobre el uso desproporcionado de la fuerza policial. Organismos internacionales coinciden en que el orden público es insuficiente si los gobiernos no ofrecen respuestas estructurales frente a la desigualdad y la precariedad.
En paralelo, la clase media no avanza hacia un apagón total, sino hacia una profunda reconfiguración. El modelo del siglo XX, basado en empleo fijo y pensiones garantizadas, cede paso ante un entorno volátil donde solo quienes se integran a los flujos globales y digitales retienen su estabilidad. La pirámide social se estira: los sectores conectados a la economía digital ascienden, mientras las clases medias tradicionales dependientes de salarios locales fijos caen hacia la vulnerabilidad.
Por otro lado, Bolivia atraviesa una encrucijada que exige examinar críticamente la organización del poder, la calidad institucional y la capacidad del Estado para articular a una sociedad diversa bajo reglas democráticas compartidas. Frente al malestar global y la crisis estructural interna, el verdadero desafío no reside en la rotación de autoridades ni en consignas ideológicas, sino en recuperar la seguridad jurídica, la meritocracia y el control democrático del poder.
Los problemas políticos, económicos y sociales no pueden atribuirse exclusivamente a un gobierno de turno ni resolverse mediante un mero recambio de rostros. Es imperativo distinguir entre las deficiencias de gestión, las fallas estructurales de las instituciones y las limitaciones del propio diseño constitucional. Bolivia demanda una reconstrucción institucional, ética y democrática que combine reformas jurídicas, un sólido Estado de derecho y una profunda transformación de la cultura ciudadana. Una nueva Constitución puede formar parte de ese proceso, pero jamás será una panacea por sí sola.
Conviene recordar que el Estado es la organización política y jurídica permanente —respaldada por una población, un territorio y un ordenamiento que regula la convivencia— que, en palabras de Max Weber, reclama el monopolio del uso legítimo de la fuerza. Históricamente, el ser humano consolidó este armazón a través de normas de cooperación útiles y estables, sustentadas en tres pilares teóricos: a) El Pacto Social: De acuerdo con Hobbes, Locke y Rousseau, el Estado nace de un acuerdo voluntario donde los ciudadanos ceden parte de su libertad natural a cambio de seguridad, orden y garantía de derechos; b) La Soberanía Popular: El poder emana del pueblo, encontrando su máxima expresión normativa en la Constitución y el Poder Constituyente; y, c) El Estado de Derecho: El principio rector de que gobernantes y gobernados están inexorablemente sometidos a la ley, con límites estrictos fijados por la Constitución y los tratados internacionales.
El Gobierno, en cambio, es el conjunto temporal de autoridades que administra el Estado conforme a un programa político y a las competencias dictadas por el ordenamiento jurídico. Esta diferencia es axial: los gobiernos cambian, pero el Estado mantiene su continuidad institucional. El Estado pertenece a la sociedad en su conjunto; no es patrimonio de ningún partido, facción ni ideología.
La institucionalidad de una nación no se mide por la abundancia de ministerios o leyes, sino por el respeto irrestricto a los derechos individuales y a la certeza jurídica. Las normas deben ser generales, abstractas y aplicadas con estricta igualdad, distanciándose de regulaciones a medida para grupos de presión. Una arquitectura institucional sólida exige separación de poderes, independencia judicial, pluralismo y rendición de cuentas para evitar que el Estado degenere en tiranía. En este sentido, debemos rechazar las instituciones extractivas y el populismo: repudiar la creación de burocracias estatales innecesarias cuyo único fin es confiscar el esfuerzo de los creadores de riqueza para sostener clases políticas parasitarias y demagógicas.
En Bolivia, la Constitución reconoce democracias complementarias: representativa, directa, participativa y comunitaria. Sin embargo, la participación ciudadana no debe agotarse en el voto periódico, sino extenderse al control social, la deliberación pública y la fiscalización.
El debate político contemporáneo sufre de un peligroso sesgo dogmático: el enfrentamiento tribal entre "izquierda y derecha". Reducir la gestión pública a una lealtad de bandos destruye la esencia democrática y nos retrotrae al feudalismo. Los problemas del mundo son técnicos y humanos, no ideológicos; exigen pragmatismo y mentes flexibles.
Lo relevante no es el tamaño abstracto del Estado, sino la calidad de su administración. Un aparato hipertrofiado asfixia la iniciativa individual; un Estado desmantelado abandona a los vulnerables. El objetivo, por tanto, es caminar por el camino del medio: transitar hacia una administración justa e inclusiva que actúe como facilitadora de oportunidades y red de seguridad básica frente a la volatilidad global, sin caer en el clientelismo.
Bolivia es constitucionalmente un Estado unitario, descentralizado y autonómico. No obstante, el reconocimiento formal de las autonomías no garantiza su eficacia si persisten la dependencia financiera y las trabas competenciales.
Aunque el país presenta un persistente déficit de integración institucional y democrática, afirmar que el Estado boliviano ha colapsado por completo —equiparándolo con realidades extremas como Haití, Yemen o Somalia— resulta impreciso. Sin embargo, hay que encender las alarmas, porque dichos países antes de acabar como están, tuvieron algo en común. El síntoma en común de todos ellos es y fue: la corrupción generalizada y desvergonzada.
Con todo, en Bolivia el nivel de deterioro es sumamente preocupante en áreas críticas, como ser: 1) Justicia: Una severa crisis de confianza donde la ley se percibe subordinada al poder político, económico o corporativo además de la corrupción en el sistema judicial sumada a una desconfianza social hacia toda la administración pública; 2) Resolución de conflictos: La sustitución sistemática de los procedimientos legales por la fuerza, el bloqueo y la presión corporativa; 3) Autoridad estatal: La presencia de poderes fácticos y territorios donde la ley no se ejecuta (como la resistencia a órdenes judiciales en zonas específicas) o prolifera el contrabando; y, 4) Legitimidad democrática: Sectores que cuestionan abiertamente las reglas electorales y la alternancia pacífica.
Para superar esta coyuntura sin caer en recetas mágicas —ni en un federalismo visto como panacea universal sin diagnóstico previo—, Bolivia precisa un orden fiscal descentralizado mediante un pacto fiscal genuino. Esto implica eliminar incentivos perversos basados en la burocracia y la tramitología asfixiante, abriendo paso a la meritocracia, la carrera administrativa y rigurosos controles éticos.
La verdadera transformación institucional de Bolivia debe priorizar: a) Independencia y control del poder: Garantizar la autonomía judicial y la fiscalización meritocrática de las autoridades; b) Orden territorial y fiscal: Consolidar competencias claras y sostenibilidad financiera en los niveles autonómicos; y, c) Transparencia radical: Combatir la corrupción estructural, entendida no solo como desvío de fondos, sino como la mentalidad perversa de anteponer el interés particular o grupal al bienestar común.
Las instituciones por sí solas no bastan si no van acompañadas de una transformación en la conducta ciudadana. La corrupción prospera cuando se normalizan el favoritismo y la pequeña transgresión cotidiana. Por ello, la democracia exige dejar de ser meros espectadores: implica una ciudadanía informada, crítica y corresponsable, capaz de ejercer sus derechos con respeto a la ley y a los derechos ajenos.
La reconstrucción nacional requiere ciudadanos conscientes de que lo público no pertenece a quienes temporalmente lo administran; autoridades que comprendan que el poder es una responsabilidad y no un privilegio; e instituciones que hagan efectiva la igualdad ante la ley, la transparencia y la rendición de cuentas.
A manera de conclusión, podemos decir que Bolivia no sanará sus fracturas mediante el recambio automático de gobernantes ni redactando constituciones improvisadas. La auténtica reconstrucción nacional se medirá por la capacidad de nuestras instituciones para garantizar justicia, libertad, seguridad jurídica y responsabilidad pública (rendición de cuentas, recuperación de los activos sonsacados y reparación del daño económico causado). El paso fundamental es consolidar un orden social cimentado en el respeto irrestricto a la Constitución y a las leyes acordes con el diseño constitucional, respaldado por una sólida elevación de la ética pública a través de la educación y el desarrollo interior. Porque el Estado pertenece a la comunidad política, el Gobierno es temporal, y el poder solo es legítimo cuando se ejerce como un servicio al bien común y a los intereses generales.