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En medio de este mundo globalizado donde las comunicaciones nos han unido y se han hecho más intensas entre los habitantes del planeta Tierra, sería absurdo, sino irrisorio, pensar que las mujeres del mundo musulmán no hayan podido ser influenciadas por esta verdadera revolución de la tecnología y el conocimiento y sientan la necesidad, al igual que sus pares occidentales, de gravitar en todos los acontecimientos gratos e ingratos que se vienen suscitando, especialmente en esa región del mundo árabe.
Desde la crisis política en Túnez en diciembre de 2010, conocida como “la revolución de los jazmines” pasando por el legendario Egipto, quizás uno de los países más liberales de esas latitudes, esta fiebre revolucionaria contra el abuso, el despotismo y la corrupción, cundió en el Yemen, Libia, para concluir ahora en Siria, donde estamos asistiendo a una inusitada explosión de violencia que ha dejado un saldo pavoroso de muertos y heridos, y donde es muy difícil concebir que las mujeres hayan permanecido indiferentes o contemplando impasibles el asesinato de sus padres, hermanos, esposos o hijos, desde sus cárceles de tela, a las que muchas de ellas están condenadas desde su adolescencia.
Ver mujeres como Ángela Merkel haciendo marcar el paso a todo el continente europeo bajo sus sabias lecciones económicas o a una Hillary Clinton, de rectora de las determinaciones del Imperio sobre los distintos países del planeta y a tantas otras que en el mundo occidental ostentan puestos de liderazgo, debe constituir para estas víctimas del oprobio, sino un sentimiento de envidia, un algo de admiración y emulación desde su condición de odiosa postergación frente a los hombres.
En pleno siglo XXI, en la mayoría de países musulmanes son inenarrables y espeluznantes las torturas y vejámenes de que son objeto las mujeres, más de cinco millones de ellas desde niñas son sometidas a la ablación o castración genital; luego de casadas, pasan a la esclavitud más denigrante, llegando hasta la lapidación o pedrea a muerte, por delitos que quizás nunca cometieron; finalmente, golpizas autorizadas por el profeta, en tanto éstas no dejen huella, sean inferidas delante de los niños, o dejen un hueso partido.
Esta gradualidad del abuso, como se señaló, se extiende desde países como Afganistán, donde el fundamentalismo religioso es extremo, hasta la convulsa Siria que como Libia, por extrañas razones del ALBA chavista, resultan ser países hermanos, cuyos regímenes corruptos y dictatoriales debemos defender.
Contando como se dijo, con medios tecnológicos que a estas víctimas del fanatismo musulmán les permite conocer el mundo exterior y denunciar tales excesos ¿No es acaso plausible imaginarse que ellas estén jugando un rol muy importante en esta primavera árabe?