Sábado 19 de septiembre 2026

Maquiavelo en Palacio Quemado



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Desde épocas inmemoriales, el poder ha seducido a los hombres. Su análisis y su ejercicio han sido diversos a lo largo del tiempo. Durante un periodo muy largo de la historia, nadie se había aproximado a desnudar con tanta claridad la naturaleza del poder como lo hizo Maquiavelo. La existencia de innumerables notas, análisis y escritos confirma permanentemente este hecho.
Actualmente, la ciencia política se ha desarrollado más allá de las consideraciones señaladas por El Príncipe; sin embargo, éste no deja de constituir un texto básico para quien desee, de alguna manera, comprender y practicar la política.
El concepto moderno del poder nace de las ideas del pensador renacentista Nicolás Maquiavelo plasmadas en su obra El Príncipe. Una doctrina política clásica de la razón de Estado, de donde se puede colegir la necesidad de actuar en el contexto de la manipulación y el pragmatismo como actitudes indispensables en las tareas de gobierno, tal como recomienda Maquiavelo.
Aunque peyorativamente se ha venido utilizando el término "maquiavelismo" para esta práctica, se debe tal vez a que muchos críticos han sostenido que Nicolás Maquiavelo promovía la tiranía; una forma de gobierno en la que una persona detenta autocráticamente el poder absoluto sin ceñirse ni respetar leyes ni límites legales.
El Príncipe constituye una cautivante obra de la literatura política universal, donde priman el análisis y la experiencia del autor. Contiene, como se ha señalado, reglas de gobierno y filosofía práctica apetecibles para cualquier jefe de Estado en cualquier tiempo, siempre y cuando esté dispuesto a no reparar en medios para alcanzar sus fines. El autor sostiene, como paradigma, que el fin justifica los medios, lo que asocia la idea de que las normas, valores y costumbres de una sociedad que sirven de guía para distinguir entre lo que está bien y lo que está mal no deben regir las decisiones de un gobernante; ya que el conductor de un Estado debe priorizar la estabilidad y el orden político del país por encima de todo.
Esta consideración me llevó necesariamente a interpretar algunos hechos y actitudes del binomio Evo Morales y su tutor García Linera, que tuvieron la osadía de elaborar una estructura constitucional con algunos rasgos de la personalidad de Niccolò Machiavelli y de Heinz Dieterich, este último mentor y asesor del venezolano Hugo Chávez. Si se quiere distinguir: Dieterich aportó el qué, el Socialismo del Siglo XXI; Maquiavelo aportó el cómo, la técnica para la conservación del poder.
Imaginé a García Linera y al grupo Comuna convenciendo a Morales de que era posible construir una ideología. Tomar el indianismo katarista, amalgamarlo con la disciplina sindical de las seis federaciones del Trópico y, sobre esa simbiosis, enrolar a otros movimientos sociales en un solo proyecto electoral. Así ocurrió. Y una vez en el poder, Evo transitó el camino clásico que describe Maquiavelo: concentración de poder, egolatría y desprecio por los límites legales.
Luego practicó un populismo y una demagogia que llevaron al país a subordinarse a una serie de compromisos indigenistas que provocaron el desastre que hoy se vive. Una nación dividida regionalmente, dividida por rasgos, costumbres y cosmovisión heredados.
Se presuponía que el indigenismo en el gobierno, a través de Morales y García Linera, iba a constituir un modelo de honestidad y de burocracia racional. Sin embargo, resultó una gestión que concluye con estigmas de corrupción, con el narcotráfico vigente y un narco-Estado en pleno desarrollo.
Quien administre el país debe ser consciente de que tendrá que hacerlo con la necesaria valentía, con la apropiada decisión y firmeza en sus determinaciones, tomando medidas racionales y adecuadas para afrontar la cruda realidad, y ser analítico y reflexivo en sus pensamientos colectivos sobre la necesidad de un cambio.
Para entender la gestión masista se debe recordar lo señalado por Evo: "si cometo errores en el gobierno, llamo a los abogados para que me los corrijan". Tan grandes fueron los errores cometidos que se convirtieron en juicios desacertados, sectarios y dañinos para Bolivia. Ya se sabe que el gobierno pasado tuvo una gran dosis de intuición en su conductor y, aunque racionalmente no hubieran existido razones para que actuara así, llegó interesadamente al despilfarro de los recursos del Estado en beneficio de un indigenismo sectario.
Quien asuma el gobierno de este país debe hacerlo en el contexto de un conjunto de circunstancias que han marcado una sociedad caracterizada por la verticalidad andina, que privilegia las tradiciones aimaras y quechuas en la administración del Estado por sobre otras culturas.
Para la cultura aimara, su cosmovisión muestra que el "pasado está delante", debido a que, según ésta, el pasado ya se conoce y se puede ver. En otras palabras, "el futuro está atrás o detrás". Con esa mentalidad gobernaron Bolivia, igualando a la sociedad hacia la pobreza.
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