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Rodrigo Paz, “el poder cotidiano y la urgencia de que algo ocurra”
Rodrigo Paz ha sido investido como primer mandatario. Debe tener presente que, en política, “la claridad simple suele ser más eficaz que la inteligencia complicada”.
Cuando la sociedad se cansa de los políticos tradicionales, crece el atractivo de quien afirma no ser político. Esa ventana la aprovechan los outsiders que aguardan su oportunidad. Paz no es un outsider, pero gobierna en un país harto. La diferencia importa.
El poder no se posee, se ejerce. Es un error pensar que los cambios surgirán por decreto o por inercia, sobre todo tras la crisis institucional que heredamos. Sin acción correctiva visible, los ciudadanos caen rápido en decepción, perplejidad y desconcierto ante políticas de Estado erradas.
Ante la inacción, la cooperación se rompe. El poder se reblandece y la anarquía ocupa la calle. Aparece la protesta violenta porque no hay futuro cierto. La indisciplina nace de la omisión de mando. Y sin mando, lo que hay es inseguridad, incertidumbre y cero perspectiva.
El poder se ejerce cuando la gente se organiza y coopera. No surge de la nada. Se afirma en formas concretas: fuerzas de coerción, recursos económicos, legitimidad, conocimiento y conexiones. Quien no las articula, pierde.
En Bolivia el poder no está solo en el Estado. Está en las cooperativas, los medios, las iglesias y las empresas privadas que, junto a las redes sociales, definen qué es “sentido común”. Ellas también gobiernan la agenda.
En los sindicatos y movimientos sociales, el poder se mide por cuánta gente pueden movilizar y por cuánto tiempo. Este no es el poder del Estado. Es un poder que nace desde abajo, se presta entre organizaciones y se agota rápido si no se cuida.
Hay que distinguir tres tipos de poder: el instituyente, el destituyente y el cotidiano. El último es el más peligroso de ignorar. Es el que se ejerce en el territorio todos los días por descontento. Ollas comunes, bloqueos de caminos, grupos de WhatsApp, cuidado vecinal. Es invisible hasta que estalla.
Si el nuevo gobierno no dialoga con ese poder de base, el destituyente lo hará. Y cuando eso ocurre, la calle dicta la agenda, no el Palacio Quemado.
Mandar es otra cosa. No es administrar el desastre. Es evitar el próximo. Para eso, Paz necesita menos diagnóstico complicado y más claridad simple. La gente no pide teorías ni informes. Pide que algo ocurra.