Miércoles 28 de enero 2026

Educación: El vínculo humano el motor del aprendizaje



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Aunque estamos en plena era de la Inteligencia Artificial, la máquina no lo es todo en el ámbito educativo; el vínculo humano continúa siendo el motor del aprendizaje. Es cierto que la IA no reemplazará a los maestros, pero los maestros que usan IA probablemente reemplazarán a quienes se resisten a ella. El riesgo real no es la tecnología, sino la brecha digital y la falta de capacitación.



La seducción por este campo no es nueva. La idea de máquinas que piensan habitaba la ciencia ficción mucho antes de que genios como Alan Turing propusieran el famoso "Test de Turing" en 1950. No fue hasta la Conferencia de Dartmouth en 1956 que John McCarthy acuñó el término "Inteligencia Artificial", bajo la promesa optimista de que, en un par de décadas, las máquinas igualarían la inteligencia humana.



Hoy, esa promesa está redefiniendo profundamente el rol docente. Si antes el maestro era la fuente primaria de información, ahora es su apoderado y validador. Más que solo "dar clase", al docente le corresponde hoy diseñar experiencias y guiar discusiones sobre el uso responsable de la tecnología. Si un educador se limita a entregar datos, compite contra una IA que es más rápida, no se cansa y personaliza el contenido a escala masiva.



Sin embargo, hay una frontera que la tecnología no ha cruzado: la IA no puede crear contexto emocional ni comunidad.



Esta es una distinción crucial. Aunque la IA simula estas dimensiones de forma asombrosa —puede escribir un poema desgarrador o moderar un foro—, existe una diferencia técnica y existencial entre generar datos y vivir una realidad. La IA entiende el contexto semántico, pero carece del contexto situacional. Una máquina no siente el pico de dopamina cuando un alumno comprende finalmente un concepto difícil.



No cabe duda de que el aprendizaje está intrínsecamente ligado al afecto. Un estudiante se esfuerza más cuando siente que su profesor cree en él. Esa validación emocional es un motor que la IA no puede encender, porque carece de una intención real y de un corazón que se conmueva.



En última instancia, la educación es un acto social. Aprendemos por imitación, por debate y por el deseo de pertenecer. Mientras la Inteligencia Artificial procesa señales, el ser humano procesa significados. Esa, y no otra, es nuestra gran ventaja competitiva.

Periodista y docente universitario