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Pese a las infinitas como agobiantes proclamas dirigidas a seguir por la senda de la descolonización, los bolivianos estamos irremisiblemente condenados a vivir todavía, y por mucho tiempo, en medio del más colonial de los sistemas y en las más clásicas ciudades coloniales del siglo XVIII. Una prueba de esta aseveración es el paro decretado este último domingo en las ciudades más importantes del país, incluyendo la capital por supuesto, bajo el pretexto del día del peatón.
Con dicha medida, no cabe la menor duda que la ciudad adquirió un bucólico carácter de aldea de los 1700, donde la única diferencia estuvo marcada por la intervención de la bicicleta, el atuendo de sus habitantes y uno que otro ciudadano díscolo que se resistía a acatar la ordenanza y se enfrascaba en una reyerta con los paseantes o con los carabineros encargados de hacer cumplir el edicto. ¡Cuánto no desearían imitar esta loable causa los habitantes de Sao Paulo, Buenos Aires, Bogotá o Lima! Sin embargo, ellos deben resignarse a vivir, lastimosamente, en la ciudad que les ha destinado la civilización y el desarrollo.
Al margen de los interminables como intolerables paros, bloqueos, desfiles y entradas folklóricas que sufre nuestra capital de lunes a viernes, ya que los marchistas, huelguistas y protestantes tienen la delicadeza de suspender sus manifestaciones durante los fines de semana y días feriados, salvo los bailarines que lo hacen cualquier día de la semana, graciosamente el gobierno ha decidido paralizar también el domingo -con la amenaza de hacerlo dos veces al año- aduciendo que el éxito de esta medida consiste en la confraternización de los viandantes y la expansión de los niños y las mascotas ¡Vaya pretexto!
El resultado de esta norma fue que los ciudadanos se bajen de las aceras e invadan la calzada, dejando desiertos los campos deportivos y las áreas de esparcimiento. ¿No es acaso un absurdo ocupar las calles, bajo el pretexto de mitigar la contaminación ambiental que es ocasionada por los millares de autos viejos que ingresan diariamente de contrabando para intoxicar el ambiente? ¿Acaso no es más simple sacar de la circulación, si posible a perpetuidad, todo vestigio que cause el mismo o mayor daño que muchos otros dispositivos como: cacharros, cogoteros, borrachos y narcos? ¿Qué podríamos lograr con un día de parálisis de tránsito al año? Algo similar que con la bendita fiesta de San Juan, donde en una sola noche se pretende mitigar el insufrible impacto ambiental que miles de cocaleros provocan con sus chakeos, en pos de ganar miles de hectáreas excedentarias para la siembra y cultivo de la hoja sagrada.
A escasos siete días de un paro que fue promovido por ciudadanos de Rio Abajo y que interrumpió todo un día la conexión de la zona sur con el centro de la ciudad, reportándose muchos casos de personas que no podían visitar ni a sus familiares enfermos. El día del peatón nos repitió esta penosa experiencia.
Quizás este sea el mejor justificativo para la construcción del teleférico, ya que desde el aire nos evitaremos los problemas que sufrimos en las calles y, quien sabe, puede que logremos actividades más productivas en las alturas, que en las calles de nuestra ciudad. Finalmente, ese sería el mayor logro que Bolivia obtenga como Estado Pluripeatonal.