Martes 10 de marzo 2026

El efecto dominó de la guerra

El barril de crudo vuela y pone a prueba la resistencia de los precios de carburantes en Bolivia



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La guerra en Medio Oriente ha disparado el petróleo a niveles de 120 dólares, generando un sismo financiero global. En Bolivia, el ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, salió al frente para asegurar que no habrá un "ajuste apresurado" en los surtidores, apelando a una supuesta calma ante la volatilidad externa.

Bajo la lupa de La Mesa de Análisis, este discurso oficial suena a un peligroso espejismo. Tras dos meses de haber eliminado la subvención, el precio interno de los carburantes debería moverse al ritmo del mercado; sin embargo, el Gobierno intenta frenar por decreto una realidad física: el crudo está caro y alguien tiene que pagar la diferencia.

Espinoza argumenta que las decisiones no se toman por picos de "uno o dos días", pero el mercado no espera. Si el Estrecho de Ormuz sigue bloqueado, el barril no bajará pronto, y la promesa de estabilidad se convertirá en una bomba de tiempo que podría reventar el dólar paralelo si el Estado decide quemar divisas para no subir la gasolina.

Desde la otra acera, analistas advierten que la estrategia de "importar crudo para refinar" es una solución de mediano plazo que no resuelve la urgencia del hoy. Sin el colchón de la subvención, el Estado queda desnudo frente a los choques externos, y cada centavo de dólar que sube el petróleo es una presión directa al costo de vida boliviano.

La logística de importación, que tarda entre 20 y 30 días, nos da un margen de maniobra ficticio. Lo que estamos cargando hoy se compró con precios de ayer, pero el combustible que llegará el próximo mes vendrá con el "recargo de guerra", obligando al Ejecutivo a elegir entre la impopularidad del alza o el colapso de las reservas.

El Ministro apuesta por la "refinación interna" como escudo protector, pero la capacidad de nuestras plantas es limitada. No se puede fabricar soberanía energética de la noche a la mañana mientras los tanques de almacenamiento se vacían y el mercado internacional se vuelve un campo de minas para los países importadores netos.

Para el ciudadano de a pie, el mensaje de "no habrá incremento" genera más dudas que certezas. En un país que ya sufrió el desabastecimiento crónico, cualquier movimiento en el tablero internacional se traduce en pánico en el surtidor, donde la gente teme que la "estabilidad" de hoy sea el gasolinazo de mañana.

El efecto dominó es inevitable: si el transporte se encarece por el flete internacional, los productos básicos subirán de precio, aunque el litro de carburante en Bolivia se mantenga congelado. La inflación importada es un enemigo que no respeta conferencias de prensa ni promesas ministeriales.

Espinoza reiteró que el Gobierno no será "irresponsable", pero la verdadera responsabilidad sería transparentar cómo se sostendrán los precios con un petróleo al doble de lo previsto. El espejismo de la calma solo retrasa un ajuste que, tarde o temprano, llegará de la mano de la realidad geopolítica.

El cierre de esta crisis no se escribirá en La Paz, sino en los campos de batalla de Medio Oriente. Bolivia, hoy más que nunca, es un rehén energético de un mundo que se incendia, mientras el Gobierno intenta apagar el fuego del mercado con declaraciones de buena voluntad.

El Dato de Cierre: El precio internacional del petróleo alcanzó los 120 dólares este lunes, un nivel que históricamente ha forzado ajustes estructurales en toda la región.


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