Jueves 15 de octubre 2026

Concepción: Orquídeas, barro y una lengua que se apaga



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Llegué a Concepción por el XXVI Festival de la Orquídea y me quedé por todo lo demás. Fundada en 1709 por los jesuitas, esta misión chiquitana te hace algo raro: entre música barroca, hornos de barro y orquídeas colgando de los corredores, uno siente que viajó a una época remota que sigue viva.

No es casualidad. La Catedral de la Inmaculada Concepción es Patrimonio Cultural de la Humanidad. No es solo una iglesia, es una joya de madera tallada que resume la obra misional. Ahí se nota el trabajo de restauración del arquitecto Hans Roth y el esfuerzo silencioso del CEPAD y de las comunidades por no dejar que esa memoria se disperse.

El corazón del viaje, sin embargo, estuvo fuera del centro.

Con la Ruta Raíces Chiquitanas fuimos hasta Santa Rita. Allí quedan las últimas voces del paunaka. No es un dialecto del bésiro —son familias lingüísticas distintas— aunque convivieron por siglos en el mismo territorio. El paunaka es una lengua arahuaca, pariente del mojeño beniano, y hoy no la hablan más de un puñado de personas.

Una de ellas es doña Juanita. Entramos a su pahuichi, esa vivienda rural típica donde el visitante siempre es bien recibido. Con el chef Fernando Catalán a un lado y la hija de doña Juanita traduciendo, vimos preparar el curari. Mientras se removía la olla de barro, ella iba nombrando los ingredientes en paunaka. Entendí en ese momento qué significa que una lengua se apague: cuando doña Juanita se vaya, ¿quién va a traducir el curari?

La ruta es también una ruta del sabor. En Santa Rita recolectan almendra chiquitana, chonta y plantas medicinales que son parte de la dieta diaria. En lo de Asunta probé el pututo, ese plato criollo antiguo de gallina con maíz perla que se cuece a leña en olla de barro, removiendo sin parar.

Después vino el horno de barro: pan de arroz, cuñapé, sonso de yuca y empanadas de arroz. Más tarde, majadito, locro carretero, chicha camba de maíz bien fría y café de maní que nos sirvió una de las bordadoras más reconocidas de Concepción, mientras nos mostraba cómo se pintan a mano los lienzos con la Cattleya nobilior, la orquídea reina del festival.

Hay saberes que se transmiten de madre a hija, y otros que nacen de la necesidad. Me contaron que en las familias muy numerosas, antes del almuerzo se les daba a los niños unas bolas de maní tostado compactado con melaza y chancaca, dulces y bien densas, para que comieran menos y alcance para todos.

Entre plato y plato, el palo encebao, la carrera de embolsados y el pejichi. Todo a cargo del Jisunú, que organiza el festival justamente para eso: para que la gente llegue y la cultura no se vaya.

En el pueblo visité también el Museo Colonial, en la casa donde nació Hugo Banzer Suárez, y un taller del CEPAD donde se talla y se pinta en vivo. Son capas de historia que conviven: la misión jesuítica, la vida chiquitana y la Bolivia más reciente, todo en pocas cuadras.

Me fui de Concepción con la sensación de haber hecho algo más que turismo. Fue un baño de cultura viva. La orquídea es la excusa, pero lo que te llevas es la voz de doña Juanita, el olor a leña y la certeza de que hay pueblos que todavía resisten para no olvidar quiénes so