Domingo 06 de septiembre 2026

No hay nada nuevo bajo el sol...



158 vistas

Subestimar el brote inflacionario en el país podría derivar en una penosa situación si no se toma a tiempo decisiones inteligentes, valientes y creíbles. La inflación es el peor impuesto contra los pobres y quienes tienen ingresos fijos. Lo saben los agentes económicos y por ello toman decisiones en base a sus expectativas. La triste experiencia boliviana de los años ´80 hizo que los trabajadores superaran la “ilusión monetaria”, de tener que conformarse con aumentos salariales nominales cuando la inflación corroe su poder adquisitivo.

Es evidente que en Bolivia existe un problema inflacionario por el incremento de la demanda dadas las altas remesas externas; el gasto público incrementado; los dineros de la economía subterránea de la coca y el contrabando; y la recuperación de la minería e hidrocarburos, frente a una oferta agropecuaria gravemente impactada por “El Niño” y “La Niña”, y la “inflación importada”. Esta combinación de sucesos ha derivado en una subida de precios de la canasta familiar haciendo revisar hacia arriba la proyección de la inflación en el país.

Predecir el futuro no es fácil, sin embargo, cada quien tiene la capacidad de hacer pronósticos sencillos sobre lo que cree que pasará con la economía, por su experiencia pasada (“expectativas adaptativas”). Pero, cuando el clima político y social se enrarece, cuando la incertidumbre aumenta, cuando el GLP y los combustibles o los alimentos escasean y cuando no hay una solución de fondo al problema, la sicología se impone y no resulta extraño entonces que las personas tiendan a sobre-reaccionar y a anticiparse a los acontecimientos futuros (“expectativas racionales”) provocando más inflación.

Frente a ello, las medidas monetaristas o la apreciación del tipo de cambio no son suficientes porque el problema es “real”, está en los productos básicos. Un dólar más barato podría empeorar más bien la situación: baja el dólar pero no los precios, los costos de producción aumentan -suben los salarios, las materias primas, insumos y los no transables- y con ello la competitividad de los exportadores cae, pudiéndose perder mercados. Los productores temen además que la baja de los aranceles de importación y del dólar convierta a Bolivia en un importador, pudiendo perderse empleos.

Nadie desea un escenario donde la gente demande aumentos salariales que lleven a aumentar los costos de producción para las empresas y que éstas se vean en la necesidad de subir los precios de sus productos, pues ello podría derivar en una espiral de incrementos y, por ende, en más inflación.

Los precios suben porque la demanda excede a la oferta. Entonces, la respuesta tiene que ser de doble “shock”: productivo y de confianza. Para ello lo recomendable será alentar la producción dando las necesarias garantías a un sacrificado sector productivo y de alto riesgo -el agropecuario- indispensable para solucionar el problema.

Ojala que la preocupación sirva para un cambio en las políticas públicas, orientándolas a responder no sólo a lo “urgente” en la coyuntura, sino también a lo importante en lo estructural, esto es, convertir a Bolivia en una potencia productiva y exportadora, con soberanía alimentaria y con empleos dignos y sostenibles. Sólo así se superará la dificultad. (Este artículo es un extracto de la entrevista que me hizo la periodista Roxana L. Villa de Lora G. el año 2007, cuando la inflación fue del 11,7%.  Salomón dijo: “No hay nada nuevo bajo el sol…”)

* Economista y Gerente General del IBCE