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“Gobierno deja en manos de Dios la rebaja de los precios”, tituló la Agencia de Noticias Fides, el 6 de diciembre de 2010. La nota guardaba relación con el Índice de Precios al Consumidor (IPC) dado a conocer por el Instituto Nacional de Estadística (INE), quien informó que la meta inflacionaria anual del gobierno boliviano –que estaba “entre el 4 y 4,5 por ciento”- había sido superada. La inflación al mes de noviembre fue del 5,32 por ciento y la acumulada a doce meses llegó al 5,57 por ciento.
“La ministra de Desarrollo Productivo, Antonia Rodríguez, pidió a Dios que los precios de los productos de la canasta familiar bajen (...) Ojalá que Dios no quiera que nos falte (alimentos), si hay alguna escasez vamos a reaccionar (...) juntamente con la población. Solo nosotros no podemos hacer, (sino) entre todos, uniendo esfuerzos tenemos que hacer", dijo (“La Razón”, 7/DIC/2010).
Pese a que el tema entra en el campo confesional, no puedo dejar de hacerlo por varias razones. Primero, porque el tema a tratar es de orden económico. Luego, porque la inflación es una preocupación general. Y tercero, porque la señora Ministra de Desarrollo Productivo y Economía Plural –a quien yo cariñosamente le digo “tocaya” y ella me llama “compañero”- puso el tema sobre la mesa.
¿Puede Dios hacer bajar los precios? Claro que sí, porque para el Dios que yo conozco no hay nada imposible. Pero, ¡eso no quiere decir que Dios vaya a bajarlos! ¿Por qué? Porque Dios deja que aprendamos, aún con dolor, de los errores que nosotros mismos cometemos. Eso sí, como Padre amoroso que es, siempre está dispuesto a ayudarnos, y para eso nos ha dado suficientes neuronas para pensar en qué, cómo, cuándo y por qué hacer las cosas, y dos manos para hacerlas. La fe es buena, pero sin obras es muerta. Por tanto, la tarea es cómo conjugar la fe con la realidad y el esfuerzo propio.
En su declaración pública, la señora Ministra dijo también algo digno de una Cátedra de Economía: que el precio de los alimentos bajará cuando los campesinos saquen masivamente sus productos al mercado, y añadió: "Nuestros hermanos ya prevén también, quieren tener su platita; entonces, ellos sacan de su chacrita sus (propios) productos, lo que hará que baje el precio...”, y concluyó: “Sólo nosotros no podemos hacer, (sino) entre todos, uniendo esfuerzos tenemos que hacer”. No dudo que lo aseverado por mi Ministra favorita, tiene que ver con el hecho que en su vida privada ella ha experimentado lo difícil pero gratificante que es producir y exportar, para hacer platita.
Ahora, más allá de su declaración confesional, su mérito es no haber dicho que hay que bajar el dólar para importar más alimentos baratos. Antes bien, habló de cómo funciona el mercado e intuyó que producir más hasta que sobreabunde, es la solución. Además, dijo algo muy cierto: que ni el Gobierno ni los productores lo podrán hacer solos. Los segundos, porque dependen de las políticas del primero, y el primero, porque depende de lo que produzcan los segundos. Si queremos forjar una Bolivia distinta a la que hemos llegado a tener por las malas políticas, será bueno empezar a apostar en serio por la producción nacional -con tecnologías coadyuvantes al efecto- e ir más allá del corto plazo en cuanto a metas y objetivos.
Que Dios puede hacer bajar los precios, es cierto. Pero, ¿y si lo que Dios quiere es, que los bolivianos nos reconciliemos y lo hagamos juntos? Si no lo hacemos, los precios no bajarán.
* Gary A. Rodríguez A.
es economista y Gerente General del IBCE