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¿Cómo entender que un país de pequeña economía avanza por la senda correcta en la búsqueda de su "soberanía alimentaria" cuando en los últimos cuatro años sus importaciones de alimentos se incrementaron hasta acumular la friolera de 2,3 millones de toneladas? ¿No consiste la soberanía alimentaria en autoabastecerse con producción nacional y dejar de importar?
Y ¿qué si ese cuantioso volumen de importaciones significó a dicho país una salida acumulada de 1.224 millones de dólares entre el año 2006 y el 2009, para comprar productos alimenticios extranjeros que con toda seguridad los pudo haber producido internamente? ¿Cómo aceptar que semejante gasto vaya a engrosar los bolsillos de los productores en el extranjero, cuando pudo haber significado en su país la ampliación de la escala productiva y con ello, la generación de empleo?
Y conste, que aquellos son datos oficiales y no contemplan el nada despreciable volumen de contrabando de aceites vegetales, arroz, fideos, café, frutas, harinas, galletas, etc., de libre expendio a vista y paciencia de todos, prácticamente sin control sanitario alguno que precautele el interés y la salud de la ciudadanía.
Resulta curioso además, que en este país donde se habla de "descolonizarlo" todo y a toda costa, se continúe importando fenomenales cantidades de trigo y harina de trigo coloniales, en vez de incentivar el consumo de un pan integral elaborado con ingredientes "originarios" como ocurre en tantos otros países con el maíz, por ejemplo, donde se apuntala el tradicional consumo de tortillas, arepas, etc.
Ahora, si la realidad es más contundente que el buen deseo y se acepta que el “pan blanco” es un “gusto adquirido” ¡cuatro años era suficiente para sustituir tales importaciones con producción nacional, siendo que producir trigo, al igual que el arroz o maíz, no demanda más de cuatro meses! Pero, ocurrió lo contrario.
Según datos oficiales, este país importó 135.000 toneladas de harina de trigo el año 2005, por cerca de 28 millones de dólares. Sin embargo, a lo largo de los cuatro años siguientes dicho volumen creció hasta superar las 300.000 toneladas en el 2009, debiendo erogar más de 100 millones de dólares.
Sorprendentemente, entre el 2005 y el 2009 la importación del grano bajó de 209.000 a 46.000 toneladas: ¡se prefirió importar la harina para consumo directo, en lugar de que su industria -por lo menos- pudiera dar el valor agregado fruto de la molienda del trigo!
Si bien el caso anterior resulta el más emblemático dentro de la dependencia alimentaria del indicado país, algo parecido -a menor escala- sucede con el maíz, arroz, carnes, malta, entre varios más, que bien pudieron haber sido merecedores de mejores políticas públicas para alentar su crecimiento.
Incluso en el caso del maíz, hay una lección aprendida: “la buena intención” de hace un par de años atrás, de fijarle un precio bajo y prohibir su exportación, tiene su correlato hoy en una brutal caída de la oferta. ¿Qué hacer? ¡Hay que importar!
Alguien podrá decir de buena fe que quizá en ese país “ahora se importa más, porque el poder adquisitivo ha subido y su gente consume más”. La respuesta: “Si la tendencia evidenciada por los hechos era de un creciente consumo ¿por qué no haber dado garantías e incentivos para incrementar la producción nacional, a fin de no ahondar la alta dependencia del abastecimiento externo?”. Por si no lo adivinó aún, se trata del “Estado Plurinacional de Bolivia”.
* Gary Rodríguez es economista y gerente general del IBCE.