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Tenía muchas ganas de ser humo: El último deseo de un médico que fue cremado en público




22/05/2022 - 11:50:36

NY Times. — Philip Incao tenía unos 6 años cuando le preguntó a su madre si era verdad que él moriría. Sí, respondió ella. ¿Y qué pasa después?, cuestionó Incao.

“Nada. Solo mueres, eso es todo”, le contestó.

Fue una respuesta tremendamente insatisfactoria y, con el paso del tiempo, Incao comenzó a ver ese momento como el punto de partida de una vida entera de estudio.

Siguió un camino que lo llevó a la facultad de medicina, se capacitó en sanación holística y en la devoción de Rudolf Steiner, filósofo esotérico de principios del siglo XX y un erudito que formuló la teoría de que el mundo espiritual podía ser explorado a través del método científico.

Varias décadas de búsqueda lo condujeron hacia una decisión poco convencional sobre qué pasaría con su cuerpo tras su muerte.

Antes de que Incao muriera de cáncer de próstata el 28 de febrero a los 81 años, dejó estipulado que su cuerpo sería cremado en su ciudad adoptiva de Crestone, Colorado, en la única pira funeraria pública al aire libre de Estados Unidos.

“Todas las formas antiguas y todos los rituales ancestrales se están relajando”, explicó en entrevistas realizadas en los meses previos a su fallecimiento. A través de este tipo de cremación, planeaba ser parte de ese cambio.

Sabía que su cuerpo sería envuelto en un simple sudario, transportado en una camilla de madera a un recinto y colocado en una plataforma a unos metros del suelo. Sus hijos y su esposa encenderían el fuego y verían su cuerpo arder durante varias horas. Al día siguiente, recogerían las cenizas. Incao había asistido a varias cremaciones en la pira y estaba listo.

Alrededor de setenta personas han sido cremadas en la pira en Crestone desde que se inauguró hace más de una década. Sus servicios son exclusivos para residentes y terratenientes del condado de Saguache, que tiene una población de menos de 7000 personas dispersas a lo largo de casi 7800 kilómetros cuadrados.

Ubicada dentro de una reja circular de madera a unos cuantos kilómetros de la ciudad, con la sierra de la Sangre de Cristo de las montañas Rocosas como telón de fondo, la pira es una estructura utilitaria: dos muros de concreto con estuco, a la altura de la cintura, revestidos con ladrillos refractarios y atravesados por una rejilla de metal liso.

El diseño simple representa un cambio que desafía los rituales fúnebres estadounidenses. En vez de que el cuerpo sea llevado por una agencia funeraria, permanece en su casa durante varios días. Además, en vez de ser “preservado” de manera química y colocado en un ataúd sellado, se conserva en hielo pero, a excepción de eso, en su estado natural.

“Los entierros como práctica en Estados Unidos están básicamente diseñados para que la familia estadounidense no tenga que lidiar con la muerte”, reflexionó Incao en diciembre. Para entonces, estaba confinado casi por completo a su cama, donde reposaba, se reunía con amigos, revisaba sus pertenencias y leía libros sobre reencarnación y experiencias cercanas a la muerte.

Más de la mitad de los estadounidenses son cremados, un cambio notable en comparación con el siglo XX, cuando esto iba “por completo en contra del sentimiento estadounidense”, comentó Gary Laderman, un profesor en el Departamento de Religión en la Universidad Emory. Sin embargo, el enfoque de Crestone va más alla, al desafiar una de las promesas centrales de la cremación tradicional: hacer desaparecer el cuerpo de manera rápida e invisible. Un cuerpo en la pira se convierte en ceniza y humo mientras las amistades y familiares del difunto hacen una vigilia durante horas al aire libre.

Los sitios de cremación comunitaria son algo habitual en algunas regiones de la India, pero siguen siendo un tabú en Estados Unidos. Un centro de retiro budista en el norte de Colorado tiene una pira privada, pero los esfuerzos para abrir sitios públicos como el de Crestone han fracasado, al enfrentarse a las sensibilidades culturales que son aprensivas sobre la muerte.

“Las personas que no han tenido experiencias directas de cremación al aire libre, ya sea en Colorado o en Asia, pueden hacer algunas asociaciones muy extrañas”, opinó Angela Lutzenberger, capellana de un hospicio que compró poco más de 25 hectáreas de tierra en Dresden, Maine, que espera convertir en una pira. “Tienen ideas escalofriantes sobre lo que podría ser”.

No es coincidencia que Crestone sea la sede de la pira. Ubicada a unos 320 kilómetros al sur de Denver, la antigua ciudad minera de oro ha atraído a una población cautivada por las prácticas religiosas orientales y las tradiciones de la sabiduría durante décadas. Su reputación se cimentó en la década de los ochenta, cuando una mujer danesa vinculada a las prácticas espirituales y su esposo, un magnate petrolero, establecieron un sitio en expansión en las afueras de la ciudad que se publicita como la “comunidad habitacional intencional, interreligiosa y sustentable más grande de América del Norte”.

Los caminos serpenteantes alrededor del desarrollo inmobiliario (con nombres de calles como Vía de la Serenidad y Vía Jubilosa) conducen a varios altares budistas de gran altura, centros de retiro y un zigurat en espiral mandado a construir en la década de los setenta por el padre de la reina Noor de Jordania. Algunos lugareños mencionan que hay un “vórtice” de energía en el área.

“No existe otro lugar como este en Estados Unidos”, señaló Sylvan, el hijo de Incao, quien visitó a su padre ahí varias veces en el transcurso de los años.

Sylvan fue a Crestone en una semana fría de marzo que culminaría con la cremación de su padre. En la tienda de comida saludable y la cafetería contigua, que funcionan como el centro social de la ciudad, se colocaron algunos volantes con información sobre la ceremonia. “Por favor, compartan vehículo cuando les sea posible. La pira se encenderá a las ocho de la mañana”, decía el volante.

Incao se mudó a Crestone con su segunda esposa, Jennifer, en 2006, después de practicar la medicina “antroposófica” (un enfoque holístico inspirado en Steiner que muchos médicos tradicionales describen como seudociencia) en la parte norte del estado de Nueva York y en Denver.

Incao se graduó de la Facultad de Medicina Albert Einstein en la ciudad de Nueva York, pero su carrera cambió de manera radical cuando descubrió la medicina alternativa y la obra de Steiner. El filósofo austriaco impartía lecciones exhaustivas sobre temas que incluían la filosofía, el cristianismo, las finanzas, la arquitectura y el arte. Sus ideas sobre la educación condujeron a la pedagogía Waldorf; su pensamiento sobre la agricultura inspiró la agricultura biodinámica.

La visión de la medicina que propuso Steiner fue una revelación para Incao. Pasó su vida explorando las enseñanzas del filósofo, cuyo trabajo no solo guió su interés por la filosofía y la espiritualidad, sino también su carrera médica.

Creía en la reencarnación, que sentía que le daba un sentido de propósito a la vida. Y se dedicó a la idea de lo que consideraba un enfoque “natural” de la medicina.

Para Incao, eso significó tomar decisiones que parecerían extremas para muchos, incluso para algunos miembros de su familia. Se opuso firmemente a la vacunación, publicó artículos y ofreció testimonios en contra de las vacunas infantiles y, finalmente, se opuso a las inyecciones de la COVID-19. Cuando se enfermó, rechazó los tratamientos tradicionales para su cáncer, incluida la quimioterapia. Se sentía en casa en Crestone, donde muchos residentes se muestran escépticos ante la medicina tradicional.

Incao creía que el momento de la muerte era solo el comienzo del “proceso de separación de la identidad humana”, el cual indicó que tardaba alrededor de tres días.

¿Y por qué ser cremado en exteriores? “Lo haces porque tiene mucho más sentido que la alternativa, que es entregar el cuerpo al enterrador”, mencionó. Se decidió por la cremación tras mudarse a Crestone y se inscribió al proceso de manera oficial hace alrededor de cuatro años.

Sylvan, de 49 años, y su hermano Sebastian, de 47, apoyaron los planes de su padre, pues consideraron que concordaban con su sensibilidad espiritual y su pensamiento no ortodoxo. “Amaba la naturaleza. Parece una manera muy poderosa de liberar su espíritu”, relató Sebastian, que es un acupunturista en Nueva York.

Su hermano mayor, Quentin, de 51 años, no estaba tan seguro. Sabía que su padre era poco ortodoxo, pero aun así se conmocionó cuando Incao le informó sobre sus intenciones en una de las visitas de Quentin, quien vive en Montana. “Solo no me hizo sentido, no podía entenderlo”, recordó. Aceptó ser uno de los portadores del cuerpo, pero le molestaba el gesto de colocar de manera física el cuerpo de su padre en la pira.

En un acto fúnebre celebrado algunos días antes de la cremación, los tres hermanos, sus familiares y otras personas se reunieron en el estudio de arte del patio trasero de Jennifer para asistir a una ceremonia. Las exequias fueron pronunciadas por un sacerdote de la Comunidad Cristiana, un movimiento religioso pequeño inspirado en Steiner.

El cuerpo de Incao permaneció en reposo en la parte frontal de la habitación, con coronas de claveles frescos y otras flores en su cuerpo. “En la calma de ser alma camina el alma de nuestro querido Philip”, leyó el sacerdote de un libro transcrito a mano de los textos sagrados. “Ahora está del otro lado del umbral, pero su amor no ha cesado”. Durante una ceremonia pequeña al aire libre que se realizó después, un venado pastaba en el patio.

“Es una de las actividades voluntarias más hermosas”, dijo Fane Burman, quien ha asistido a una docena de cremaciones, ayudando a apilar la leña y cuidando mientras se quema. La organización sin fines de lucro que opera la pira, Crestone End of Life Project, convoca a una docena de voluntarios locales para cada cremación. Aunque Burman no siempre conoce a la persona que ha muerto, “cuando el fuego comienza a arder, se me llenan los ojos de lágrimas”.

Era un sábado fresco cuando la familia se reunió a las siete de la mañana para acompañar el cuerpo de Incao desde su casa hasta la pira, ubicada a un poco más de 6 kilómetros al oeste. Un voluntario envolvió el cuerpo en un sudario de sábanas la noche previa y lo cubrió de rosas. La camilla se subió de forma cuidadosa en la parte trasera de la camioneta negra de Sylvan; Quentin y Sebastian viajaron ahí mismo con su padre (“Nuestros últimos momentos con él”, narró Quentin). La camioneta giró con lentitud a la derecha frente a un pequeño letrero pintado a mano en el que se leía: “Pira”.

Para las 7:30 a. m., alrededor de setenta personas estaban formadas en el camino hacia el lugar de la pira. Un voluntario tañó una campana para anunciar el inicio de la ceremonia y otro tocó una canción en su flauta hecha a mano a medida que la procesión avanzaba en su camino al interior de la reja. Los portadores colocaron la camilla en la rejilla metálica.

La ceremonia de Incao comenzó cuando los familiares y las amistades colocaron ramas y flores de enebro en el cuerpo. Se quemó incienso en un cuenco a cargo de un voluntario, mientras otros agregaron leños hasta que quedaron apilados sobre el borde de la pira. Entonces, Jennifer y los hijos de Incao encendieron palos largos en el cuenco de incienso y prendieron juntos la pira.

Cuando el fuego comenzó a arder, Sylvan colocó su brazo alrededor de Sebastian. Un arpista interpretó una melodía mientras las llamas crepitaban. Quentin se enjugó lágrimas, por el humo, la emoción o ambas.

El humo se elevó densamente durante unos 10 minutos y luego se calmó. Para entonces, el fuego emitía suficiente calor como para calentar el círculo. Las cenizas se arremolinaban en el aire, que olía a incienso.

Un coro que se especializa en cantar para los moribundos interpretó algunas de las melodías que le habían cantado a Incao durante sus últimos meses. “Ten un paso seguro, peregrino del espíritu”, cantaban. “Todos nos estamos acompañando a casa”.

Sylvan habló sobre cómo siempre molestaba a su padre por vestir con tantas capas, ya que siempre tenía frío. “Con el fuego encendido, ya no tiene frío”, concluyó con una sonrisa. Otra amiga interpretó un “Aleluya” (otro concepto de Steiner), mientras rodeaba la pira de manera solemne, levantando y bajando los brazos y moviéndose hacia adelante y atrás.

Quentin, quien había cuestionado los planes de su padre desde el inicio, observó la ceremonia en silencio y concentrado. “Fue casi como si se nos quitara un peso de encima, al saber que ya trascendió”, aseguró después, mientras el grupo se dispersaba y las cenizas seguían ardiendo sin arrojar humo.

Al final, supo que eso era lo que su padre había deseado.

“Tenía muchas ganas de ser humo”.

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