- 2010-09-12
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La pena que sentí con la candidatura de Ana María a la senaturía por La Paz en la lista del Movimiento al Socialismo, MAS, aún no se me había disipado, cuando estos días la vi en los canales de televisión declarando sobre la proclamada intención de Evo Morales, de acallar a la prensa. Realmente, se trató de una escena patética, tristísima.
La periodista respetada, la intransigente defensora del pueblo y, por tanto, de la libertad de expresión, se enredaba en una trémula explicación de lo que quiso decir Evo Morales -siempre, cuando éste mete la pata, necesita “aclaradores”- y conste que hubo el anuncio del defenestrado Quintana de que se dedicará a “redactar” la nueva ley que regule a la prensa. Ahora podría comprenderse por qué la constitución es un mamarracho gramatical, casi tan malo como su contenido.
Pero volvamos a Anamar. Ella escribe correctamente, pero todo pasará a revisión de los comisarios políticos de la nomenklatura extremista y saldrán unos diabólicos engendros de terror. Ahora el oficialismo no tiene freno alguno; tiene mayoría tanto en la cámara de diputados como en la que cree comandar doña Ana María.
Se creía que doña Ana María, ante cualquier intento de frenar la libertad o de recortar los derechos democráticos, se rebelaría. Esto también lo deben haber creído los masistas porque, al fin y al cabo, la senadora, para el oficialismo, sólo fue un instrumento útil en la campaña electoral, es decir un señuelo para los votos de la clase media y, por tanto, desechable.
Se sabía que ella no encaja en el arquetipo del masista; hasta es demasiado blanquita de tez. Sus actitudes corresponden a una persona fina y educada. Le horrorizaba la injusticia y la imposición. Era moderada; recuérdese que hace casi tres décadas -¡cómo pasa el tiempo! y se nota en algunos- fue ministra de don Walter Guevara, ex movimientista, aliado del general René Barrientos y candidato a la vicepresidencia con Gonzalo Sánchez de Lozada en 1989, y no fue precisamente un radical.
Por lo que se la conoce, es difícil imaginarla alineada con el tosco tirano de Caracas o con la feroz teocracia de los ayatolaes de Irán. Por eso, esta señora, ahora se pierde en el misterio.
Ni siquiera su quebrantada salud justifica su sacrificio. Porque su presidencia del Senado no podrá curarla de los males del espíritu ni del cuerpo.