- 2010-09-12
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Se dice que el presidente del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, es un tipo formidable y, claro, tiene méritos. Pero también hay en él rasgos que lo muestran como un político simulador, inconfiable y taimado.
Hay el olvido intencional y culpable de que el partido de los trabajadores de Brasil y el propio Lula fueron los creadores del Foro de San Pablo, donde nació el nuevo extremismo latinoamericano, y en el que conviven, entre otros, los partidos comunistas de América Latina, además de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua, el Movimiento al Socialismo de Evo Morales, el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros de Uruguay, los “bolivarianos” de Hugo Chávez de Venezuela, etc.
Se piensa que el presidente Lula es prudente y mesurado y que, a diferencia de los populistas que buscan perpetuarse en el poder, no pretendió una segunda reelección para un tercer período. No hay tal, lo intentó pero “la Comisión de Constitución y Justicia de la Cámara de Diputados aprobó por unanimidad, el rechazo a la enmienda constitucional destinada a autorizar la segunda reelección del presidente”.
Luego de este fallido intento, Lula da Silva anunció la posibilidad de disputar un nuevo mandato presidencial en 2014.
Ahora se entiende por qué el presidente impulsa la candidatura de su jefa de gabinete Dilma Rousseff que, por sus antecedentes de violenta guerrillera y por su precaria salud, tiene escasas probabilidades de ser electa como la primera mujer presidenta del Brasil. La candidata, ya está muy lejos del favorito, al que las encuestas de octubre le asignan el 38% de las preferencias, frente al 17 de la presunta candidata oficial, es decir 21 puntos menos.
Así las cosas, la señora Rousseff juega el papel de fusible. Una de los más serios errores –o demasías- de la diplomacia brasileña, seguramente bajo la influencia de su asesor comunista Marco Aurelio García, fue permitir (o inducir) el refugio de Manuel Zelaya en la embajada brasileña en Tegucigalpa. No respetó, entonces, los convenios a los que está obligado el Brasil. El propio presidente formuló iracundas declaraciones –en el estilo del sátrapa de Caracas- justificando esa actitud ilegal que, a la larga, tendrá que rectificarla ante las evidencias de que en Honduras hubo elecciones libres, luego de la destitución de Manuel Zelaya empeñado en ser reelecto, cuando la constitución se lo impedía.
Lo que siguió fue patético: la candidata fusible Rousseff se lanzó a salvar la cara de Lula que, seguramente, abandonó el consejo de Marco Aurelio García, y declaró que en Honduras “hubo una elección, hay una nueva situación, ese proceso será tomado en cuenta, no podemos desconsiderar el golpe, pero tampoco podemos desconsiderar las elecciones".
Lula, seguramente ya convencido de que había metido la pata y salvado con la declaración de Rousseff, “…propuso en una reunión al presidente del Gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero, dar tiempo al mandatario electo hondureño, Porfirio Lobo, para encontrar una salida a la crisis del país centroamericano; ahora el Gobierno brasileño envía nuevas señales de que su postura está cambiando”. Luiz Inácio “Lula” da Silva se mostró en otra dimensión: la del incongruente y poco confiable presidente de la mayor nación de Latinoamérica.