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Carlos Rey

El reloj de la oración


2012-06-08 - 22:58:00

A la hora indicada, suena la alarma del reloj de pulsera y una pequeña aguja magnética se mueve lentamente, señalando la dirección correcta. Acto seguido, el que lleva el reloj se quita los zapatos, se acomoda el turbante, se arrodilla y comienza a orar, dirigiendo la mirada hacia La Meca, ciudad sagrada del Islam.

Ese reloj de pulsera es especial. Diseñado electrónicamente por una compañía japonesa, avisa puntualmente cinco veces al día que es tiempo de la oración litúrgica del Islam. Y tiene un compás que marca la dirección exacta hacia La Meca, que es hacia donde todo buen musulmán debe dirigirse al orar, ya sea un ejecutivo en París, o un inversionista en Nueva York, o un boxeador en Las Vegas, o un empresario en Buenos Aires, o un profesor universitario en Lima, o un médico en São Paulo o un abogado en el Distrito Federal de México. He ahí la electrónica al servicio de la religión.

Cada ser humano tiene el derecho inalienable de seguir su propia religión y de practicarla tal y como le parezca mejor. Los musulmanes cumplen el deber, prescrito por el Corán, de orar cinco veces al día dondequiera que se encuentren, con el rostro dirigido hacia La Meca. En el transcurso de los siglos el que ha llamado a los fieles desde la torre de su mezquita en las ciudades árabes ha sido el sacerdote musulmán, conocido como el almuecín o almuédano. Pero ahora a los seguidores de Mahoma dispersos por el mundo lo que les recuerda la hora puede ser un reloj electrónico.

¿Habrá algún reloj de oración que les sirva de aviso a los seguidores de Cristo, también dispersos por el mundo? Si no lo hay, entonces ¿qué les recuerda a los cristianos que es tiempo de orar? Y si, por ejemplo, se considerara como tal el repique de las campanas de una iglesia, ¿qué probabilidad habría de que esos cristianos dejaran de inmediato sus actividades cotidianas para dedicarse a la oración?

Es triste tener que admitirlo, pero una gran mayoría de cristianos, sobre todo los de nombre solamente, no se acuerdan nunca de orar. Es más, no saben siquiera cómo hacerlo. Si los acosa algún problema o sufren algún contratiempo, buscan a un guía religioso que ore por ellos. ¿Y por qué no saben orar? Porque han perdido la comunión con Dios. Guardan las distancias en vez de mantener una relación personal con Él.

Dios desea que nos acerquemos y le dirijamos la palabra con regularidad, como una expresión de fe, de amor y de confianza, y no sólo como nuestra última esperanza. Lamentablemente muchos de sus presuntos hijos le hemos quedado mal haciéndolo esperar demasiado tiempo, como espera con anhelo un padre desatendido por sus hijos. ¿Será acaso que a todos nos serviría un reloj de oración como recordatorio?

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