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S. Mateo 6.9
Nuestro mundo está azotado por una epidemia de dolor. Con el divorcio desenfrenado y el maltrato infantil que se destacan en los titulares de las noticias nacionales e internacionales, no es sorprendente que para muchas personas, el concepto de un Dios Padre provoque una respuesta cargada de rabia, resentimiento y rechazo.
Ya que no han conocido un padre terrenal solícito y amable, tienen una idea tergiversada del amor del Padre celestial. En muchos casos, estos individuos heridos optan por ignorar o negar la existencia de dicho Padre.
Heridas emocionales
Las experiencias negativas de la niñez no son el único factor que puede impedirnos concebir a Dios como Padre. Muchas personas experimentan un bloqueo emocional o mental cuando intentan llamara a Dios “padre”, porque no le conocen personalmente.
Hay una tremenda diferencia entre saber acerca de Dios y conocerlo personalmente. Juan 1.12 dice: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”.
Para convertirnos en hijos de Dios, tenemos que creer que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que vino al mundo, murió y resucitó para que nuestros pecados sean perdonados. Después necesitamos pedirle que nos perdone y que sea el Señor de nuestra vida. Hemos de dedicar nuestra vida a aprender y obedecer la Palabra de Dios, y a adorarlo solamente a El.
Otras personas tienen dificultad en relacionarse con Dios como Padre porque se les ha enseñado durante toda su vida a respetarlo, y eso implica para ellos que El es un Dios severo, y hasta cierto punto distante. Aunque la Biblia nos enseña a llamar a Dios “Padre” cuando oramos, también dice que El quiere tener una relación íntima con sus hijos (1 Jn 3.1)
Algunos de los impedimentos más comunes que tenemos para comprender el corazón paternal de Dios, son las heridas emocionales. Estas lesiones a menudo dejan cicatrices que nos hacen vacilar cuando tratamos de confiar completamente en El como nuestro Padre.
La Biblia ofrece muchos ejemplos de lesiones emocionales, y se refiere a ellas como espíritu “herido o quebrantado” (Pr 15.13; Pr 18.14)
La historia de Mical, hija del rey Saúl, ilustra claramente el dolor de un espíritu “herido” o “quebrantado”. Mical creció en un ambiente cargado de fricción y de conflictos. Su padre, un hombre impaciente e inseguro, a menudo explotaba en ataques de ira. Sin duda, ella fue profundamente afectada por esa cólera. (Lea la historia completa en 1 Samuel 18 y 19)
Los celos de Saúl hacia el futuro rey David lo llevaron a planear un complot para matarlo. A modo de cebo, le ofreció a David una de sus hijas como premio si podía matar a cien de los enemigos de Israel, los filisteos. “Seguramente David morirá en manos de los filisteos – pensó Saúl – y así podré verme libre de él para siempre” (1 S 18.25).
Sin embargo, para su disgusto, David venció. ¡En realidad mató a doscientos filisteos! Entonces Saúl le otorgó a Mical como “premio” (1 S 18.27); pero ante otro de los ataques de ira del rey, David tuvo que escapar dejando a su esposa (1 S 19.11-12).
Varios años después volvió y la encontró casada con otro hombre. David la reclamó, y fue arrancada a la fuerza de los brazos de su esposo (2 S 3.13-16).
Mical fue pasada de un hombre a otro como un peón de ajedrez. Con esta forma de vivir, es comprensible que reaccionara contra David (y contra Dios) con aquella amargura.
Su resentimiento explotó en un momento culminante de victoria, cuando el arca del pacto, símbolo de la presencia de Dios entre los hebreos, fue recuperada de los filisteos. La Escritura dice que ella “vio al rey David que saltaba y danzaba delante de Jehová; y le menospreció en su corazón” (2 S 6.16), y el capítulo se cierra con una nota muy triste: “Y Mical hija de Saúl nunca tuvo hijos hasta el día de su muerte” (2 S 6.23).
La respuesta de Mical salió de una herida emocional que se había infectado y convertido en odio. La medicina que podría haber traído sanidad a dicha herida era el perdón, pero ella optó por no otorgarlo. La esterilidad espiritual y física la afligieron durante el resto de su vida.
Hoy en día hay muchas “Micales” con varios grados de aflicción, pero que no tienen por qué acabar como la verdaera Mical. Debido a su corazón paternal, Dios anhela renovarnos y restaurarnos mediante el poder sanador de su amor (Is 54.1; Jer 33.6)
El corazón de Dios
Una definición que da el diccionario de la palabra “corazón” es “lo más íntimo del ser; la parte esencial”. Jesús describió a Dios como un Padre amante, amable, clemente, misericordioso, y con su vida manifestó la mismísima naturaleza de nuestro Padre celestial (Mt 6.31-33; Jn 16.26-27)
La pregunta básica que plantea tanto un niño como un adulto, es: Si hay un Dios, ¿cómo es?
La Biblia dice que Dios no es un ser finito como tú o como yo, pero El se ha revelado de una forma tan clara y comprensible que podemos conocerlo. “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn 1.18)
Dios es como Jesús. En realidad Jesús dijo una vez: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14:9). Jesús es Dios en forma humana (Jn 10.30; Col 1.15-16; 1 Ti 3.16; Tito 2.13). El ha revelado el amor del Padre en su trato con los niños (Mr 10.13-16); con los pecadores (Lc 5.30-32); con aquellos relegados social o regionalmente (Jn 4:4-10).
Jesús elevó la dignidad de la mujer dándole valor e igualdad por el simple hecho de romper la costumbre social y hablar con ellas y enseñarles (Lc 8.1-3). Manifestó que Dios Padre se preocupa igualmente por los hombres y por las mujeres.
Cuando habló con la mujer samaritana, sabía que ella era una mujer inmoral (Jn 4.18), pero no se avergonzó de ser visto con ella ni la avergonzó a ella (Jn 4.27).
Jesús percibió su corazón y su necesidad de sentirse valorizada, amada y cuidada. Ella recibió el mensaje porque El la había ayudado a “ver” a Dios de una forma que nunca antes lo había visto. Para eso vino Jesús: para revelarnos a Dios llevarnos a El.