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En defensa del tacto como herramienta de aprendizaje amoroso




01/08/2022 - 11:38:02

NY Times.- “¿Puedo ir a tu casa?”. Era un simple mensaje de texto. Uno que quizá no debió causarme tanta ansiedad por enviarlo mientras conducía hacia la casa de Matt en el lado oeste de Los Ángeles, después de una noche en la oficina.

Pero para una mujer musulmana a finales de la década de sus veinte, que había vivido toda su vida regida por las normas sociales de su fe (sobre todo evitar al sexo opuesto hasta el matrimonio), esas cuatro palabras significaban muchas cosas, entre ellas traición, lujuria y pecado.

No estaba preparada para lo que haría cuando llegara al condominio que Matt había amueblado con madurez, algo que su limpieza y atención al detalle revelaban. Su sofá había sido fabricado a medida en una cooperativa de artesanos de Venecia. “La playa, no la ciudad italiana”, precisó Matt mientras seguía hablando de su casa, supongo que para evitar la verdadera conversación que se avecinaba.

Horas antes, había estado sentada en una silla de felpa en el trabajo tomando notas en mi computadora portátil. Era mi primer trabajo en una sala de guionistas, en Ramy, la serie de Hulu sobre un hombre estadounidense musulmán que busca el sentido de su vida.

Si no están familiarizados con la escritura televisiva, la única forma en que puedo describirla sería como una gigantesca sesión de terapia, todos los días, con el mismo puñado de personas a lo largo de muchas semanas. Te sientas y compartes anécdotas de tu vida con la esperanza de que engendren una semilla dramática que pueda usarse como materia de entretenimiento.

Existe la idea de que, para escribir las historias más “auténticas” posibles, debemos sumergirnos en nuestros traumas y experiencias. La sala es un “espacio seguro”, dirían la mayoría de los productores, donde no existe ningún tipo de juicio. Excepto que juzgué mis propias experiencias como poco dignas de compartir, sobre todo por mi decisión de no tener relaciones sexuales o estar en una relación hasta que me casara, lo que significa que, a los 27 años, todavía era virgen.

Pensé que eso les parecería interesante, pues era muy poco común, tal vez una historia que podríamos usar para uno de los personajes femeninos del programa, que es como lo propuse, nerviosa: “Tal vez está probando la masturbación por primera vez, pero no sabe qué lado del cepillo de dientes usar”. Pensé que sería divertido, pero recibieron mi idea con miradas inexpresivas.

“¿Quién no sabe qué lado se usa un cepillo de dientes?” dijo una de las escritoras con una risa.

¡Yo!, quería gritar. Pero me quedé callada, con el temor de haber contado demasiado. Además, como la mayoría de mis sugerencias, había fracasado, lo que me dejó atormentada en mi humillación el resto del día.

Esa noche, al igual que todas mis noches como asistente, me quedé hasta tarde para limpiar las notas y prepararme para la próxima semana. Siempre era la primera en llegar y la última en salir, lo que me dejaba poco espacio para socializar, y mucho menos para salir con alguien.

Pero, sobre todo, me sentía fracasada. A finales de mi década de los 20 años, había dejado una lucrativa carrera en el mundo de la tecnología para convertirme en asistente de escritores, y me preocupaba no estar causando una buena impresión en la sala, no estar compartiendo lo suficiente ni ser vulnerable como los demás. La realidad es que no tenía nada que compartir.

No estoy segura de lo que me pasó, pero antes de darme cuenta, estaba recorriendo los contactos de mi teléfono, tratando de averiguar a quién quería dirigirme para tener esta experiencia fabricada.

Y entonces lo vi, Matt, un chico que conocí en mi anterior lugar de trabajo, un colega de negocios al que le gustaba la música; un ñoño tecnológico con gafas y calvo. Al principio no me pareció guapo, y tampoco estoy segura de qué le atrajo de mí, teniendo en cuenta que me vestía con recato y me cubría el pelo con un hiyab.

No quiero decir que las mujeres que usan hiyab no sean atractivas. Algunos incluso nos encuentran más intrigantes por el “misterio” (fetichistas del hiyab). Pero en aquel momento, me sentía profundamente insegura y no creía que nadie quisiera estar conmigo. Además, me oponía a todo el asunto del sexo antes del matrimonio, así que no pensé que eso fuera propicio para salir con un no musulmán.

No hace falta decir que había descartado a Matt a pesar de sus coqueteos, hasta este mismo momento.

Pensé que Matt sería agradable, seguro, muy seguro. Él no conocía a nadie en mi comunidad y apenas usaba las redes sociales, y yo ya no trabajaba en su vecindario, por lo que no habría forma de que esto me causara problemas, lo cual era mi mayor preocupación. A pesar de querer esta experiencia, también busqué preservar mi reputación de chica musulmana intachable.

Pero después de ver tres episodios completos de Age Gap Love, un programa de telerrealidad británico del que ambos estábamos extrañamente enamorados, Matt se volvió hacia mí y me dijo: “En serio, ¿qué haces aquí?”.

Tomé aire. “Solo necesito que me toquen”, respondí.

Matt arrugó la nariz, confundido.

Intenté esconder lo más elemental de lo que seguramente se estaba preguntando: que esto solo sería una sola vez, que no buscaba salir con él. No quería tener sexo ni siquiera besarlo. Todo lo que sabía era que anhelaba que me abrazara. “¿Tal vez podríamos ir a la cama?”.

No había pensado en afeitarme las piernas ni en alisar mi cabello rebelde. La habitación de los escritores estaba instalada en un Airbnb (no preguntes por qué), así que me las había arreglado para darme una ducha rápida antes de venir. Y, a pesar de la falta de producto, mis rizos estaban cooperando.

No quise hacer un escándalo al quitarme el pañuelo. Había visto demasiadas escenas en las películas de mujeres musulmanas que se quitaban el pañuelo y dejaban al descubierto un cabello hermoso y perfectamente cuidado. No quería que a Matt se le entrecortara la voz o hiciera comentarios innecesarios sobre lo guapa que era. Solo quería existir. Ser normal.

Por suerte, se limitó a asentir y a quitarse la camiseta. “No te importa que duerma sin ella, ¿verdad? Es que tengo mucho calor por la noche”.

Sí me importaba, pero fingí que no. Al fin y al cabo, estaba en su casa y yo misma me había invitado. Todavía recuerdo la sensación sedosa de la funda de almohada sobre mi cabeza. Matt dijo que la tela lo ayudaba a mantener la cabeza fresca por la noche.

“¿Qué hace la gente cuando duerme junto con otra persona?”, pregunté.

Matt se rio. “Para empezar, puedo poner mi brazo alrededor de ti”.

No sabía dónde poner las manos o la cabeza. ¿Las chicas duermen en las axilas de los chicos? ¿O en sus pechos? ¿Y si mi cabeza era demasiado pesada? Mi mente se agitó mientras trataba de pensar en lo que había visto en las películas. Gran parte de mi comprensión del mundo procedía de la ficción, porque rara vez me atreví a vivir plenamente en el mundo real, lo que tal vez explique por qué me convertí en guionista de televisión.

“Haz lo que quieras”, me dijo.

Nunca me había permitido el lujo de hacer lo que quisiera. Ni siquiera había tocado mi propio cuerpo de forma sensual hasta hace poco, y mucho menos el de otra persona, pero en ese momento me sentí muy bien.

Esa noche, el brazo de Matt no se apartó de mi lado y nunca se aventuró por debajo de mis omóplatos. Fue respetuoso. Dejé caer mi cabeza sobre su pecho mientras su respiración empezaba a suavizarse, reflejando la mía. En algún momento de la noche, nuestros labios se tocaron. Mi primer beso, a los 27 años. Y fue mágico.

No mucho después, acabé escribiendo un episodio en el que una mujer musulmana casada se acuesta con el protagonista durante el Ramadán, el mes más sagrado del año. Muchos musulmanes en Twitter se levantaron en armas, por supuesto. No podían entender cómo podía engañar a su marido, y en una época tan sagrada. Dios no permita que una mujer musulmana pueda tener también impulsos, deseos y ganas.

Todavía me preguntan si creo que ese episodio promueve el “pecado”. Tengo el máximo respeto por lo que nos enseña nuestra fe, pero también soy muy consciente de que soy una mujer del siglo XXI.

Muchas de nosotras no nos casamos hasta finales de los 20 o principios de los 30, si es que lo hacemos, y me niego a creer que solo podemos sentir intimidad una vez que estamos en una “unión sagrada”. El tacto es uno de los impulsos humanos más fuertes y esenciales y la pandemia nos lo ha dejado bien claro. Esa noche me di cuenta de lo poderoso que puede ser.

El lunes siguiente, de vuelta en la sala de escritores, todo el mundo estaba ansioso por compartir las escapadas que habían tenido lugar durante el fin de semana. Por primera vez, tenía una historia que contar, pero cuando llegó el momento de hablar, me callé.

Con esta historia, esperé a estar preparada para compartirla en mis propios términos.

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