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Pogo, el payaso sádico que violaba y mataba adolescentes varones y los enterraba en el sótano de su casa




08/01/2022 - 11:21:33

Infobae.- Cuando su padre decidió bautizarlo como John Wayne Gacy no pensaba que su ansiado hijo varón sería un gran actor como el protagonista de La Diligencia sino que encarnaría ese arquetipo de masculinidad dura que él tanto admiraba. Fue al revés, porque con el correr de los años el pequeño John Wayne que acunaba en sus brazos -cuando no se dedicaba a pegarle con el cinturón- terminaría inspirando la novela de Stephen King en la que se basó el guion de una de las películas más terroríficas de la historia del cine: “It. El Payaso Asesino”.

“Me pregunté, ¿qué asusta a los niños más que nada en el mundo? Y la respuesta fue los payasos. Entonces recordé la historia de Gacy. Me sirvió para crear al payaso Pennywise”, contó el escritor en una entrevista de 1986, cuando se publicó la novela.

En realidad, John Wayne Gacy –uno de los asesinos seriales más estudiados por los criminólogos estadounidenses– no fue el terror de los niños sino de los adolescentes.

Entre 1972 y 1978 engañó, secuestró, violó y asesinó a por lo menos 33 sin ser atrapado, oculto detrás de la fachada de un exitoso empresario que llegó a fotografiarse con una primera dama de los Estados Unidos porque se destacaba por sus actividades benéficas, que realizaba disfrazado de… payaso.

Todos adoraban a su personaje, “Pogo el payaso”, mientras Gacy cometía sus crímenes sin utilizar ningún disfraz.

Las marcas de un padre

John Wayne Gacy nació el 17 de marzo de 1942 en los suburbios de Chicago. Fue el segundo de los tres hijos de John Stanley Gacy y Marion Elaine, un típico matrimonio de clase media baja norteamericana. John padre era un maquinista ferroviario amante de la pesca, los deportes duros y la bebida, cuya mayor aspiración era tener un hijo varón para educarlo como “un verdadero hombre”.

Por eso, el nacimiento de John Wayne lo dio una alegría que le hizo olvidar la frustración que había sentido con la llegada de Karen, su primogénita.

Sin embargo, esa felicidad inicial no tardaría en transformarse en decepción. El pequeño John Wayne distaba de ser lo que él pretendía: era un chico obeso, que evitaba jugar con los otros pibes del barrio y prefería quedarse en casa, “pegado a las polleras” de su madre y de sus hermanas. En la escuela se mostraba tímido y solitario y sus notas estaban lejos de ser mínimamente buenas.

“Mamá era la confidente de John. Él se le acercaba y le contaba muchas cosas que no se atrevía a decirle a papá. Creo que mi papá pensaba que le ocultaba secretos y eso le molestaba. Entonces discutía con mamá y a veces discutían muy fuerte”, contaría muchos años después la hermana mayor de John, Karen.

John padre sentía que su único varón se desviaba del camino que él le había trazado y decidió corregirlo a cintazos. Cuando volvía del trabajo se encerraba en el sótano de la casa, donde tenía un taller, y le daba a la botella de brandy. Ya entonado, subía cinturón en mano para “enderezarlo” y le pegaba al tiempo que le gritaba “maricón”, “estúpido” y “nene de mamá”.

Los intentos de Johnny

Al llegar a la pubertad, John Wayne intentó por todos los medios cumplir con las expectativas de su padre. Tenía 12 años cuando se inscribió en los boy scouts y se ganó las “insignias de supervivencia” en un campamento.

Uno de sus amigos de entonces, Barry Basheley, recordaría años después –cuando John Wayne ya esperaba su ejecución en el pabellón de la muerte– que una tarde, mientras jugaban en su casa, Johnny se bajó los pantalones y le mostró que tenía puesta una bombacha de su madre.

-¿Qué hacés con eso? – le preguntó.

-Me gusta verme vestido de mujer – le contestó.

En el secundario salió con varias de sus compañeras, con las que solía pasear cerca de su casa para que su padre lo viera. También intentó practicar algunos deportes, pero pronto tuvo que desistir: se desmayaba cuando corría.

Los médicos le descubrieron un coágulo en la cabeza y le recetaron medicamentos para disolverlo, pero John padre no creía que su hijo tenía un problema de salud, sino que fingía los desmayos para dejar de estudiar y de hacer deportes.

Pasó por cuatro colegios, pero no llegó a graduarse. Harto de los maltratos de John padre –al que, sin embargo, quería satisfacer– se fue de su casa y de la ciudad para trabajar en una funeraria de Las Vegas.

“No podía hablar con mi padre, Estaba destrozado. Yo era un tonto, un estúpido que nunca llegaría a nada. Decidí mandar todo al diablo”, explicó años después, en una entrevista que dio en la cárcel.

Duró apenas tres meses en el empleo: lo echaron al descubrirlo acostado junto a un cadáver. Acababa de cumplir 20 años.

El gran cambio

Para 1964, John Wayne Gacy estaba en Springfield, Illinois, trabajando en una zapatería. Allí logró terminar el secundario y se inscribió en la Escuela de Negocios. Estaba cambiado, se mostraba estudioso y sociable.

En la zapatería conoció a una clienta, Marlynn Myers, son quien se casó en septiembre de ese año. Se mudaron a Waterloo, donde trabajó como gerente de un restaurante de la cadena Kentucky Fried Chicken, cuya franquicia pertenecía a la familia de su suegra.

Frecuentaba la Cámara de Comercio, donde primero integró la comisión directiva y después fue elegido vicepresidente. Se codeaba con los empresarios de la ciudad y empezó a participar de actividades benéficas. También se interesó por la política, y tuvo un papel relevante en la campaña electoral del gobernador de Illinois, Otto Kerner. Su nombre salía en los diarios, como un importante miembro de la comunidad.

Mientras tanto, su matrimonio funcionaba a medias. “John Wayne contrajo nupcias en 1964, y debido a sus problemas sexuales, muy rara vez conseguía una erección y en una ocasión que la consiguió, engendró a su hijo, Michael. Aquel año también tuvo su primera experiencia homosexual”, escribió profesor de sociología de la Universidad de Alabama, Dennis L. Peck, en un estudio sobre su caso.

En las reuniones con empresarios que visitaban la ciudad para participar de la Cámara de Comercio, John Wayne encontró una actividad sexual que lo satisfacía. Luego de los encuentros, invitaba a varios de ellos al Hotel Clayton House, donde veían películas pornográficas y tenían sexo grupal con prostitutas.

Marlynn se enteró, porque era un secreto a voces, pero dispuesta a salvar su matrimonio, en lugar de reprochárselo le pidió a John Wayne que la invitara a participar. Se integraron a un grupo swinger. En una visita que les hizo la hermana de John, Karen, Marlynn le contó lo que hacían.

“Me dijo que a veces regresaban a casa con otras personas. Yo creí que era una broma, pero cuando me di cuenta de que era en serio la imagen de mi hermano y de mi cuñada se me vinieron abajo”, contaría muchos años después.

Con ese arreglo, John Wayne parecía estabilizado. Era empresario, un reconocido miembro de la comunidad, era padre de otra hija, Christine, y había encontrado una actividad sexual que lo unía a su mujer. Pero quería más: no podía dejar de desear a los adolescentes.

Una violación denunciada

Una noche de 1967, cuando su esposa y sus hijos estaban de viaje, invitó a un adolescente de 15 años, Donald Vorgese, a su casa. El chico era hijo de un senador amigo de John Wayne. Lo emborrachó y lo obligó a practicarle sexo oral; después le dio 15 dólares y le dijo que si contaba lo que había pasado, nadie le creería. Después de unos días de duda, Donald se atrevió a hablar con sus padres.

En marzo de 1968, John Wayne fue detenido y acusado de sodomía. Dijo que su víctima mentía y se ofreció a someterse al detector de mentiras. El resultado fue desastroso para él:

-La única cosa verdadera que dijo fue su nombre – detalló el técnico en su informe.

Y no sólo eso. Cuando el caso se hizo público, se presentaron otras víctimas –adolescentes acompañados por sus padres– y lo denunciaron. Fue juzgado y condenado a diez años de cárcel en la penitenciería estatal de Anamosa.

Para Marlynn fue demasiado: pidió el divorcio. John Wayne no volvería a verla nunca, tampoco a sus dos hijos.

“Pogo el payaso”

Aunque debía pasar diez años entre rejas, John Wayne Gacy fue liberado por buena conducta después de 18 meses, el 18 de junio de 1970. Volvió a Illinois, donde salvo su familia de origen, nadie sabía de su condena ni de sus causas.

Allí fundó una compañía constructora, PDM Contracting, y compró una casa en el suburbio de Norwood Park Township. Se sumó a la Cámara de Comercio y también se afilió al Partido Demócrata y volvió a realizar actividades benéficas.

Mostraba orgulloso la portada de un diario local donde se lo veía fotografiado junto a la primera dama de los Estados Unidos, Rosalynn Carter. En el living de su casa exhibía la fotografía original, dedicada de puño y letra por ella: “Para John Gacy. Los mejores deseos”.

Por esa época ya se disfrazaba como “Pogo el payaso” para animar las actividades de recaudación de fondos y entretener a los niños. También se casó con Carole Hoff, una antigua compañera de escuela de su hermana Karen. Los vecinos lo consideraban un ciudadano ejemplar, amable, servicial y solidario.

Sin embargo, puertas adentro de la casa, la situación no era la mejor. Carole le reprochaba que no tenían relaciones sexuales y que, cuando lo intentaban, rara vez John Wayne lograba tener una erección. Sospechaba que la engañaba y le encontró una colección de revistas pornográficas en el sótano Se separaron en 1976 y John quedó viviendo solo en la casa.

Lo que la divorciada Carol no sabía era que John Wayne, el querido y admirado “Pogo el Payaso”, ya había violado y matado a dos adolescentes.

33 víctimas

La primera violación seguida de muerte cometida por John Wayne Gacy databa del 2 de enero de 1972. Aprovechando la ausencia de Carol había recogido con su auto a Timothy McCoy, un chico de 15 años. Lo llevó a su domicilio, lo violó y lo mató a puñaladas. Después lo enterró en el sótano.

Esperó más de tres años para cometer el segundo crimen. El 29 de julio de 1975 violó y estranguló a John Burtkovitch, de 16 años, y también lo enterró en el sótano.

“Le hice un torniquete, lo sofoqué. Cuando querés matar a alguien se lo ponés al cuello, le das tres o cuatro vueltas y deja de moverse”, contaría en 1992, ya confinado en el pabellón de la muerte.

La separación de Carol le quitó el último freno. Entre marzo de 1976 y diciembre de 1978, engañó, violó y mató a otros 31 jóvenes de entre catorce y veinte años. A casi todos los esposó y los estranguló después de abusar de ellos.

A 26 de sus víctimas las enterró en el sótano de la casa, a tres bajo el piso de otras habitaciones, y a las cuatro restantes los tiró embolsados en un río cercano. La cantidad de cadáveres del sótano provocaba fuertes olores y varios vecinos le tocaron la puerta de la casa para preguntarle qué pasaba.

-Hay un problema de humedad, eso lo provoca. Pronto lo voy a solucionar – les contestaba John Wayne.

Los vecinos le creyeron. Después de todo, “Pogo el payaso” era un hombre tan simpático, amable y servicial… No se explicaban porqué Carol lo había abandonado.

Nadie sospechó de John Wayne Gacy hasta el 13 de diciembre de 1978. Un día antes había desaparecido un adolescente de 15 años, Robert Priest. Cuando salía de su casa, el chico le había dicho a su madre que iba a una entrevista de trabajo con Gacy.

Cuando Robert no volvió en toda la noche, la madre fue a preguntarle a Gacy si sabía qué le había pasado. Le respondió que el chico no se había presentado a la entrevista. La mujer no le creyó y lo denunció.

Vigilancia y confesión

Cuando lo interrogaron, John Wayne Gacy se mantuvo firme en su versión: el chico nunca había ido a la entrevista, seguro que se había escapado de su casa o le había pasado algo antes de poder verlo a él.

La policía lo liberó, pero mientras los investigadores de la desaparición de Robert esperaban una orden de allanamiento –el juez demoraba en firmarla, porque no estaba convencido de que Gacy fuera sospechoso– lo pusieron bajo vigilancia.

John Wayne Gacy descubrió rápidamente que lo estaban controlando y con la amabilidad y simpatía que había hecho célebre a “Pogo el payaso” invitó a los policías a comer en su casa. Mientras comían, le preguntaron por el fuerte olor que había allí dentro. John volvió a hacer el cuento de siempre, el de la humedad.

Ya estaba acorralado. Cuando supo que iban a librar una orden de allanamiento que permitiría levantar los pisos de la casa, intentó una jugada desesperada para salvarse de una segura condena a muerte. Fue a ver a su abogado, le confesó los 33 crímenes y éste le aconsejó presentarse antes del allanamiento y decirlo todo.

Pero era demasiado tarde. Cuando llegó a su casa para ponerse un traje antes de ir a la comisaría, los policías lo esperaban con la orden de allanamiento firmada. Uno por uno, encontraron 16 cadáveres enterrados. En los años siguientes encontrarían más, allí y en otros lugares.

Pintar en el pabellón de la muerte

El juicio contra “Pogo el payaso” comenzó el 6 de febrero de 1980 en los tribunales de Chicago. Por recomendación de sus abogados defensores, John Wayne Gacy se declaró inocente y alegó que tenía problemas mentales que no lo hacían responsable de sus actos.

Como esta defensa fue rechazada después de que le hicieran varios estudios psicológicos, cambió su táctica y dijo que todas habían sido muertes accidentales, ocurridas durante actos sexuales consensuados en los que había practicado la “asfixia erótica”.

Tampoco funcionó. El 13 de marzo el tribunal lo sentención a varias cadenas perpetuas consecutivas que, de todos modos, no podría cumplir, porque también le impusieron varias penas de muerte.

Gacy pasó 14 años en el pabellón de la muerte, mientras sus abogados obtenían postergaciones y apelaban las condenas. Durante ese tiempo descubrió su vocación por las artes plásticas. Pintaba al óleo y su motivo preferido era su propio personaje, “Pogo el payaso”, aunque también se le daba por pintar a Blancanieves.

Después de su muerte, algunas de sus pinturas fueron subastadas e incluso una de ellas fue reproducida en la portada del álbum When the kite string pops, del grupo Acid Bath.

“Pogo el payaso” fue ejecutado mediante una inyección letal el 10 de mayo de 1994. Tardó 18 minutos en morir.

Sus últimas palabras fueron a los gritos:

-¡Matarme no hará regresar a ninguna de las víctimas! ¡El Estado me está asesinando! ¡Nunca sabrán dónde están los otros! ¡Bésenme el culo!

Recién el año pasado, en octubre de 2021, los forenses pudieron identificar a la última víctima de Gacy mediante un análisis del ADN obtenido de una pieza dental. Se trataba de Francis Wayne Alexander, un adolescente desaparecido en diciembre de 1976.

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