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Nunca me enfermaba: Un médico al borde de la muerte por coronavirus cuenta el sufrimiento y las secuelas




09/06/2021 - 10:50:46

NY Times.-  En los inicios de la pandemia, mientras los hospitales de Nueva York empezaban a posponer intervenciones quirúrgicas para atender la afluencia de casos de COVID-19, Tomoaki Kato seguía operando. Sus pacientes aún necesitaban trasplantes de hígado y algunos estaban demasiado enfermos para esperar.

A sus 56 años, Kato estaba sano y tenía una condición física excepcional. Había corrido en el Maratón de Nueva York siete veces y se especializaba en operaciones que también eran maratónicas, pues duraban 12, 16 o 20 horas. Era reconocido por sus innovaciones quirúrgicas, sus manos hábiles y su gran resistencia. En el Centro Médico Irving de la Universidad de Columbia del Hospital Presbiteriano de Nueva York (NYP/CUIMC, por su sigla en inglés), donde era el director de cirugía de trasplantes intestinales y hepáticos en adultos y niños, su jefe a veces lo llamaba “nuestro Michael Jordan”.

En marzo de 2020, Kato se enfermó de COVID-19.

“Estaba en total negación”, dijo. “Pensaba que me recuperaría sin problemas”.

Sin embargo, al poco tiempo se convirtió en uno de los pacientes más enfermos en su propio hospital, dependiente de un respirador y otras máquinas para bombear oxígeno a su torrente sanguíneo y continuar la labor de sus riñones deteriorados. Estuvo cerca de la muerte “muchas veces”, según Marcus Pereira, quien estuvo a cargo del tratamiento de Kato y es el director médico del programa de enfermedades infecciosas para receptores de trasplantes del centro.

Al principio, sus colegas temían que no sobreviviera y luego, cuando lo peor ya había pasado, que no pudiera volver a operar jamás. No obstante, tras estar internado dos meses en el hospital, Kato salió con la determinación de regresar al trabajo y convencido de la urgencia de enseñarles a otros cirujanos las innovaciones quirúrgicas que había desarrollado. Su propia enfermedad también le permitió conectar con los pacientes de una manera que nunca antes había podido.

“En realidad, nunca había comprendido con tanta claridad cómo se sienten los pacientes”, comentó. “Aunque siempre intento convencer a los pacientes de que acepten una sonda de alimentación y los animo diciendo: ‘Sé que ahora se siente espantoso, pero luego va a mejorar y usted se va a recuperar’, la verdad es que no tenía idea de lo que significaba ‘espantoso’”.

Ahora maneja esas situaciones desde otra perspectiva: “Decirles a los pacientes: ‘Yo estuve ahí’, es muy poderoso”.

Kato se contagió antes de que la mayoría de los médicos de Nueva York entendieran el asedio que les esperaba.

“Cuando realmente nos dimos cuenta de que se avecinaba algo grave, creo que ya estaba ahí”, dijo Kato. “Nadie se dio cuenta de lo mucho que se había extendido el virus por la ciudad. El virus estaba en todas partes”.

Su enfermedad comenzó con un fuerte dolor de espalda y luego tuvo fiebres que subían y bajaban durante unos cuantos días. Se quedó en casa, revisaba sus niveles de oxigenación con regularidad y obtenía lecturas de 93 y 94 por ciento, resultados que ahora se reconocen como una posible señal de neumonía por COVID-19.

Sin embargo, en esas primeras etapas de la pandemia, dijo, “nadie sabe lo que es la neumonía por covid”. Además, él no se sentía enfermo, según les dijo a los colegas que se mantenían en contacto por teléfono.

Pereira señaló: “Creo que eso nos engañó durante unos días mientras estuvo en casa. Sus niveles de oxígeno estaban un poco bajos, pero decía que se sentía bien y su ritmo cardiaco no estaba tan elevado. Fue un paciente de la primera ola, cuando todavía estábamos aprendiendo sobre la covid”.

Un momento revelador

Una mañana, mientras estaba en la ducha, Kato sintió dificultades para respirar y empezó a toser con fuerza. Volvió a revisar su nivel de oxigenación: estaba peligrosamente bajo, menor al 90 por ciento. Se había resistido a ser hospitalizado, como suelen hacer los médicos, pero ahora no tenía alternativa.

“Fue entonces cuando decidí ingresar al hospital”, relató.

Pereira, un amigo suyo además de colega, se quedó impactado al ver el estado de Kato.

“Cuando lo vimos en el hospital, fue un momento revelador”, describió Pereira. “Se veía muy enfermo desde el momento en que llegó, y nos dimos cuenta de que esto podría acabar mal. Fue un momento muy impresionante. Sus niveles de oxígeno estaban muy bajos, estaba respirando con mucha rapidez, su ritmo cardiaco estaba muy acelerado, sus radiografías de tórax mostraban que tenía un caso grave de covid”.

Al día siguiente, Kato fue conectado a un respirador.

“A partir de ese momento, perdí el conocimiento unas cuatro semanas”, narró.

De ahí en adelante, explicó Pereira, “nos comunicamos con su familia a diario y comprendíamos el miedo y la desesperación que les causa a los familiares”.

El estado de Kato empeoró. Surgieron infecciones bacterianas en su organismo, seguidas de sepsis. Sus riñones empezaron a fallar y requirió diálisis. Sus pulmones no funcionaban lo suficiente como para usar el oxígeno del respirador y, en una noche desesperada, se llamó a un cirujano para que lo conectara a una máquina que relevaría a sus pulmones para bombear el oxígeno directamente a su torrente sanguíneo y extraer el dióxido de carbono.

La máquina —llamada ECMO, por la sigla en inglés de oxigenación por membrana extracorpórea— es un último recurso.

“Cuando un paciente se conecta a la ECMO, de pronto se encuentra en el grupo de mayor riesgo de muerte”, explicó Pereira. “Las probabilidades de recuperarse de esa etapa son mínimas. Cuando lo conectaron a la máquina, fue un momento brutal. Todos sentimos que estábamos a punto de perderlo”.

Kato era una estrella, una figura destacada en su ámbito, y verlo postrado en una cama conmocionó al personal del hospital.

“Fue horrendo”, expresó Jean C. Emond, director de servicios de trasplantes y jefe de Kato. “Fue terrible ver a un amigo y colega afectado por esto. Todos teníamos este miedo de que el mundo se estuviera acabando, una sensación global de perdición. Temor a tocar cualquier superficie. ¿Acaso podía llevarlo a casa en mis zapatos? Ese contexto profundo y emotivo de lo global y lo personal estaba sucediendo al mismo tiempo”.

Los más altos directivos del hospital no dejaban de preguntar cómo estaba Kato.

“Su supervivencia representaba el destino de todos, en cierta forma”, dijo Emond.

En 2008, Emond convenció a Kato de dejar la Universidad de Miami y unirse a su equipo, debido a su extraordinaria destreza para los trasplantes intestinales y las operaciones oncológicas llamadas ex vivo, en las que el cirujano extrae órganos abdominales para acceder a los tumores más difíciles de alcanzar y luego vuelve a colocar y coser los órganos en su lugar. Lo más importante que Emond vio en Kato fue la disposición de ir más allá de los límites de lo que podía hacerse en el campo de la cirugía con tal de ayudar a los pacientes.

“Trajo consigo su cultura de innovación”, explicó Emond. “Y sus competencias personales, su capacidad de trabajar durante muchas horas sin renunciar, sin rendirse, sin importar la dificultad de la situación; realizaba operaciones que muchos considerarían imposibles”.

En su primer año en Columbia, Kato y su equipo operaron con éxito a una niña de 7 años, Heather McNamara, cuya familia había escuchado en varios hospitales que su cáncer abdominal era inoperable. La cirugía, que implicó retirar seis órganos y luego devolverlos a su lugar, tardó 23 horas.

Cada vez más pacientes de distintas partes del país y del mundo empezaron a buscar a Kato para someterse a operaciones que otros hospitales no podían o no querían realizar. Kato también empezó a viajar a Venezuela para realizar trasplantes de hígado en niños y enseñarles el procedimiento a los cirujanos del país. Asimismo, creó una fundación para apoyar esta labor ahí y en otros países latinoamericanos.

Mientras los colegas de Kato luchaban para salvarlo, su lista de espera de pacientes se aferraba a la esperanza de que él pronto pudiera salvarlos.

Poco a poco, dijo Pereira, hubo signos de recuperación.

“Llegas por la mañana temprano a verlo”, dijo. “Los pasillos del hospital están vacíos y todo el mundo se mira, asustado y ansioso. Entras en la unidad de cuidados intensivos temiendo malas noticias, y el equipo te da una especie de pulgares esperanzados de que quizá esté mejor”.

Kato estuvo conectado a un respirador un mes, más o menos, y una semana a la ECMO. Al igual que muchas personas con casos graves de covid, el médico sufrió alucinaciones y delirios aterradores y vívidos. En uno de ellos, imaginó que era arrestado en la batalla de Waterloo. En otro, era infectado a propósito de ántrax; solo un hospital en Amberes, Bélgica, podía salvarlo, pero él no podía llegar allá. Vio la luz blanca que algunas personas describen tras vivir experiencias cercanas a la muerte. “Sentí que había muerto”, aseguró.

Había pasado mucho tiempo de su vida adulta en hospitales, pero jamás como paciente.

“Yo nunca me enfermaba”, explicó. “Jamás me había enfrentado a la realidad de la muerte”.

Cuando por fin se liberó de las máquinas y respiró por sí mismo, sus médicos estaban eufóricos.

Pero la alegría se desvaneció cuando recuperó la plena conciencia y quedó claro que no era la misma persona. Seguía atrapado en los delirios. Y lo que es más preocupante, parecía confundido, su mente brillante no había vuelto del todo.

“No tenía sentido lo que decía”, dijo Kato.

Los escáneres detectaron un coágulo de sangre y una hemorragia en el cerebro de Kato. Aunque no eran graves, seguían siendo preocupantes.

“Recuerdo que lo veía y no lo veía como quería”, dijo Pereira, y añadió que al final de un día “fui a mi carro y me derrumbé. Dije: ‘Odio la covid. ¿Por qué no me deja ni siquiera tener una pequeña victoria?’”.

Emond dijo: “Una vez que superamos el ‘¿Sobrevivirá?’, en nuestras mentes estaba el ‘¿Podrá volver a ser médico?’. Él sufrió. Pagó un precio enorme”.

Pero la hemorragia cerebral y el coágulo resultaron ser menores. Mentalmente, Kato se recuperó rápidamente.

Una semana después de salir del respirador, dijo: “Me desperté mentalmente”.

Físicamente, le costaba. Había perdido once kilos, casi todos de músculo. Necesitaba una sonda de alimentación. Estaba tan débil que un día tardó una hora en alcanzar el dispositivo para ajustar la inclinación de su cama, y cuando por fin lo consiguió, estaba demasiado débil para pulsar el botón. Se le cayó el pelo. Una lesión en el hombro provocada por cómo lo habían colocado le impedía levantar completamente un brazo, y algunos de los músculos del cuello y la espalda se habían consumido. Necesitaba mucha fisioterapia.

Su familia no podía visitarlo. Por muy doloroso que fuera para ellos, dijo, puede que fuera mejor que nunca lo vieran en su peor momento, en una red de tubos y máquinas en la unidad de cuidados intensivos.

A finales de mayo de 2020, tras pasar dos meses en el hospital, regresó a casa. Cuando lo dieron de alta, unos 200 miembros del personal vitorearon y corearon: “¡Kato! ¡Kato!”.

‘Estaba de vuelta’

En agosto, comenzó a operar otra vez. Para su primera intervención, una reparación de hernia, usó un dispositivo robótico que le permitió trabajar sentado.

“Fue un día muy importante para todos”, relató Emond. “Muchos entramos a ver cómo iba el procedimiento”.

Para septiembre, Kato ya estaba realizando trasplantes de hígado, con su hombro adolorido envuelto en cinta atlética.

“Estaba de vuelta”, afirmó Emond. “Creo que estaba trabajando con esmero adicional para probarse a él y a todos los demás que estaba de vuelta”.

Su primer paciente de trasplante acabó alojándose en la misma habitación del hospital donde había estado Kato, y se hicieron una foto juntos.

“A partir de ahí, me puse a toda velocidad”, dijo Kato. En marzo de este año, había realizado 40 trasplantes y otras 30 operaciones.

Los recuerdos de su propia recuperación han moderado sus interacciones con los pacientes.

“Ahora puedo estar mucho más de su lado, en sus zapatos, en sus pensamientos”, explicó.

Le disgustaban tanto los líquidos espesados que se utilizaban para ayudar a recuperar la capacidad de deglución, que ahora se siente menos inclinado a imponerlos a los pacientes reticentes.

“Tiene un sabor horrible”, dice. “No puedo culpar a nadie que no pueda tomarlo. Hace unas semanas, un paciente se quejó de la leche espesa. Antes me habría limitado a decir: ‘Tienes que hacer esto para mejorar’. Ahora puedo decir: ‘Quizá no tengas que hacerlo’. Cada paciente puede tener una forma diferente”.

Incluso ofrece consejos sobre el menú del hospital.

“El paciente odia la comida, yo odio la comida, pero sé que los camarones cajún son un poco mejores”, dijo. ¿Bebidas de proteína? “Recomiendo el sabor a fresa”.

Cuando le quitaron el respirador, al principio no podía hablar.

“Aprendí que cuando no puedes hablar, no significa que no estés pensando”, dijo. “La mente está muy clara”.

También admitió que enfrentarse a la muerte le ha hecho ver con más claridad su carrera y sus objetivos.

“No es conveniente desperdiciar el tiempo, porque nunca se sabe… De pronto un día te podrías encontrar en esta situación”, afirmó.

Dice que se dio cuenta de que debe reclutar a más cirujanos para continuar la labor que él y su fundación han comenzado, para llevar trasplantes a los niños de América Latina.

“Si yo muriera y nadie continuara esa labor, será un problema”, dijo.

También se siente motivado a promover y enseñar a otros el proceso de las operaciones oncológicas complejas que implican la extracción de varios órganos para alcanzar un tumor y luego devolverlos a su lugar.

“Esto no puede seguir siendo algo que solo yo sepa hacer. Deben poder hacerlo todos”, concluyó.

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