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Gary A. Rodríguez A.

Año 2023: Lo que se siembra, se cosecha


2023-01-06 - 10:57:07
Pensé mucho sobre el tema que debía elegir para mi primera columna del 2023. Quería que fuera algo especial, por ejemplo, un mensaje de esperanza para nuestro país. Pero, cuando ya había decidido escribir sobre un caso exitoso de exportación fruto de una sinergia público-privada, el 29 de diciembre de 2022 se produjo una infausta noticia: falleció Edson Arantes do Nascimento. Puede que para muchos esto no haga sentido con relación a qué escribir, pero si aclaro que quien murió fue el “Rey Pelé”, se podrá entender lo que sigue a continuación.

Edson Arantes do Nascimento nació en Brasil, de “cuna humilde”, como se suele decir para referir que fue pobre, correspondiendo aclarar que ser pobre no es sinónimo de humildad, como tampoco, el ser rico equivale a ser orgulloso. Doy fe de ello, conozco gente pobre que es orgullosa, pero, también, personas ricas y humildes, al mismo tiempo.

Volviendo al personaje, para entender el mensaje, Pelé fue un futbolista de calle que triunfó gracias a su talento, esfuerzo y disciplina, llegando a ser considerado el mejor jugador del mundo luego de su estrellato en el Mundial de 1958. Se dice que jugó 730 partidos y marcó 767 goles pese a no ser un delantero, más bien, el mejor “número 10” de todos los tiempos. De Pelé se ha dicho mucho, poniéndolo como un buen ejemplo, ya que no fue excéntrico o escandaloso como muchos deportistas, artistas o políticos que alcanzan el éxito, el poder y la fama.

Este hombre, como millones de personas a lo largo de la historia -ricos y pobres; ignorantes y educados; débiles y poderosos- nació, creció y murió, como está escrito que ocurra con todos los hombres en este mundo. Murió de cáncer a los 82 años. Atrás quedaron sus éxitos, su renombre -el “ídolo Pelé”- y sus millones. No se llevó un solo dólar, tampoco las 3 Copas del Mundo que ayudó a ganar al Brasil, ni los innumerables campeonatos que conquistó. Sin nada vino al mundo y sin nada partió al más allá. Ahora… ¿qué será de él? ¿Acaba la vida con la muerte física del hombre?

Quienes piensan que es así dan rienda suelta a sus deseos, sin importar la consecuencia de sus acciones con tal de satisfacerlas. Esta determinación, por el lado bueno, puede llevar a la autosuperación para alcanzar el máximo conocimiento, perfeccionar una habilidad deportiva o artística, lograr algo material, etc., especialmente cuando es para ayudar al prójimo. Sin embargo, hay quienes no reparan en plagiar, corromper, doparse, etc., para lograr los objetivos de fama, poder, placer, posición y riqueza, sin tener contemplaciones ni importar si hacen daño para lograrlo, porque, el fin justifica los medios.

Lo cierto es que, hayan hecho bien o mal, todos morirán, unos en su altruismo otros en su egoísmo, pero todos, absolutamente todos algún día, morirán. El punto es… ¿después, qué?

Si la teoría de que la vida humana acaba con la muerte física es cierta, y no hay nada luego de la muerte, entonces seríamos apenas carne y nada más. En tal caso… ¡comamos y bebamos porque mañana moriremos! Este tipo de pensamiento es el que justifica al ególatra, al desleal, al corrupto, al sicario, al narcotraficante, al agresor sexual...

Si no hay vida luego de la muerte, si no hay premio o castigo por lo bueno o malo que se haya hecho, apenas sería algo moral el portarse bien o mal ¿verdad? Pero… ¿qué si en verdad el hombre es tripartito -espíritu, alma y cuerpo- y lo único mortal es el cuerpo físico y no así el espíritu que al fallecer retorna al Creador y el alma va a la gloria o condenación eterna? Si esto último es cierto, la perspectiva debería cambiar, porque, a diferencia de las penas y glorias efímeras de este mundo, la felicidad o tortura del alma será por la eternidad.
¿Por qué decidí escribir sobre este tema, empezando el año? Para que reflexionemos sobre lo fugaz de la vida, lo inevitable de la muerte y las consecuencias de nuestros actos, por la eternidad.

¡Ah, si el hombre supiera esta verdad y la entendiera! Todo cambiaría, no solo a nivel individual, familiar o social, sino también, del país, porque… ¿Se imaginan cuántas autoridades civiles, militares, policiales, legislativas, ejecutivas, judiciales, electorales y eclesiásticas cambiarían, si supieran que lo que hoy están sembrando lo cosecharán en el cielo o el infierno?

El problema es que la gente no teme a Dios porque no sabe de Él -es ignorante- o porque sabe pero no le gusta obedecer -es negligente- y el otro problema es que muchísima gente ignora que nadie se salva por obras -por ser buenito a su manera, por ejemplo, el narcotraficante filántropo o el magnánimo político corrupto- sino, que la salvación es gratuita, por gracia, por la fe puesta en el Hijo de Dios, Jesucristo, quien vino a este mundo para morir y pagar por nuestros pecados en una cruz.

Lo fugaz de esta vida debería llevarnos a reflexionar, a gobernantes y gobernados, sobre lo que está escrito para todos los hombres: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”.

(*) Teólogo y Pastor

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