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Ciro Añez Núñez

La falta de ética y entereza moral distorsiona todo


2022-07-03 - 19:42:27
La raza humana es una sola (con todas sus virtudes, defectos, errores y entes psicológicos), siendo muchas veces proclive a no esforzarse por tener dominio propio y dejarse gobernar por el capricho de sus pasiones.

La raza humana posee la cualidad de que, si así lo desea, puede mejorar o empeorar. De esta manera, algunas sociedades adoptan determinadas características que comúnmente la denominamos culturales que incluye el conocimiento, el arte, las creencias, la ley, la moral, las costumbres y los hábitos que un grupo de personas desempeñan. Podrán tener sus diferencias de etnias y regionalismos, pero no por ello, dejan de ser raza humana.

Con todo ello, no podemos afirmar rotundamente que existen guerras culturales, pues ahí están los imperios que tienen su apogeo (impero romano, mongol, otomano, persa, etc.) pero luego caen en decadencia. No existe raza superior, pues en su esencia, tan solo responden a las complejidades de la propia raza humana, y tampoco existen culturas que hubieran dominado todo el tiempo, perennemente y por completo.

Es por este motivo, que la humanidad establece nobles principios morales de carácter universal porque entiende que eso ayudará al mejoramiento como persona y por consecuencia a su sociedad.
En Bolivia, la Constitución (art. 8) establece los principios éticos morales de la sociedad plural.

Recordemos que un principio, es un axioma que deriva del griego “αξιωμα”, que significa ‘lo que parece justo’, originariamente significaba ‘dignidad’ y por derivación se ha llamado ‘axioma’ a “lo que es digno de ser estimado, creído o valorado”; así podemos entender que un principio es el pilar fundamental sobre el que se construyen valores que deben sostener a los derechos y garantías constitucionales.

El Estado boliviano, asume para sí los “principios ético-morales”; es decir, hay la necesidad de comprender, el principio, la ética y la moral, que amerita comprensión mediante “ejes transversales” que se constituyen en una unidad indisoluble emergente de la “realidad”, que sólo adquiere su verdadero significado en relación a otras piezas; por ello los principios están unidos a la ética y a la moral, constituyéndose en una unidad transversal.

La ética etimológicamente proviene del griego “ethos”, que significa ‘forma de ser’, es una norma del fuero interno que impulsa el respeto humano practicada de forma estamentaria en el conglomerado social.

Con referencia a la moral proviene del latín “mores”, ‘modos habituales de obrar o proceder’, principios de comportamiento en la vida privada, cuya base es la norma individual que se expresa en el comportamiento de cada uno en la sociedad que hace la diferencia.
En materia jurídica –desde la jurisprudencia constitucional– un principio, no es una norma, ni una garantía, es el fundamento y base, imprescindible para la existencia de una garantía, por ello el Constituyente incorporó en la Constitución Política del Estado (CPE), ocho principios que son rectores imperativos de nuestra sociedad, entre ellos tenemos, el principio del: ama qhilla, (no seas flojo); ama llulla, (no seas mentiroso); ama suwa (no seas ladrón), se debe entender estos tres axiomas, como una unidad inseparable. Es decir, el art. 8-I de la CPE como reglas de interpretación que permitan alcanzar todos los valores supremos constitucionales.

Es así que, si una sociedad resta importancia a los principios éticos morales, no los toma en serio, no los cumple, los desprecia y menos aún les interesa, eso se verá reflejado en la vida práctica y cotidiana con graves distorsiones y peligrosas consecuencias, como los altos índices de corrupción y criminalidad.

Adviértase, por ejemplo, si todos convenimos que “la suma del esfuerzo y el bien personal da como consecuencia el bien social”, resulta que cuando no hay ética en la actividad humana, obviamente todo eso se trastoca, quedando los principios éticos morales solo en palabras y en buenas intenciones teóricas, por lo tanto, surgirá la corrupción generalizada, la usura, el engaño, la perversa y odiosa impunidad, la esclavitud, la informalidad delictiva (contrabando, corrupción, narcotráfico, lavado de dinero, negocios apalancados con dinero sucio, etc.), la informalidad laboral, entre otras arbitrariedades e ilicitudes, que conllevan a que la frase anterior que se encuentra entre comillas, solo sea una simple utopía y no porque ésta sea falsa o irrealizable sino porque aquella sociedad es inescrupulosa.
Es decir, a esa sociedad en realidad sólo le interesa el crecimiento económico “como sea y a como dé lugar”, por ende es y será permisiva con la informalidad delincuencial, totalmente tibia con ella, conviviendo alegremente con ésta por puro conveniencia egoísta y maquiavélica, quedando en clara evidencia que para esa sociedad, lo ético, moral e íntegro en realidad constituye un estorbo para lograr ese crecimiento económico avaricioso, pues a través de ese denominado crecimiento económico busca alimentar su ego y su vanidad, basado en las apariencias de considerarse “próspero” y/o absurdamente “admirado” o “reconocido” solo por la cantidad de dinero que ostenta sin importar su procedencia. La ostentación de riqueza y la búsqueda de estar en la exclusividad y el puro lujo, no puede ser modelo de nuestros jóvenes, y también de los no jóvenes.

Esto no es novedad, ya lo decía, en el siglo XIX, el economista alemán Friedrich List: “un individuo puede prosperar a partir de actividades que perjudiquen los intereses de su nación”.

No olvidemos, progreso y prosperidad no consiste únicamente en ostentación colosal de dinero, por cuanto, no se trata de crecer a cualquier precio sino de crecer con integridad porque si todos somos falsos nuestra propia hipocresía finalmente nos destruirá.

No basta con las manifestaciones sociales como censura pública contra la delincuencia organizada, si no se encuentra acompañada de un verdadero cambio de mentalidad, en lo personal e individual y en su entorno familiar.

Recordemos que en México, el 09 de mayo de 2011, se realizó una majestuosa marcha (en Plaza del Zócalo, en México D.F. y en otras ciudades como Guadalajara y Monterrey) contra la violencia y el narcotráfico, habiendo quedado en la actualidad, tan sólo como un acto histórico simbólico pues el nivel de violencia del crimen organizado no disminuyó por el contrario aumentó sumado a la inmensa cantidad de desaparecidos cuyo nombres se pierden en el tiempo, lo cual también ya viene ocurriendo en nuestro país.

Es menester de forma sincera, afirmar: ¡No a la miseria moral! No a las mafias de corrupción, contrabando, del narcotráfico, trata de personas, legitimación de ganancias ilícitas o lavado de activos, etc.; por cuanto, es evidente el riesgo que causan con la inseguridad atroz que producen, destruyendo vidas y afectando a la integridad física, de propios y extraños, como el reciente asesinato a tres policías y a un civil en plena ciudad capital.

Las mafias a nivel internacional, no tienen nacionalidad, pero prefieren a los países en crisis, especialmente aquellos donde sus habitantes adolecen acentuadamente de falta de integridad. Esa es la realidad, otra cosa, es cuando la gente a veces cree, solo lo que desea creer (lo que le conviene en su pereza y mediocridad), haciendo culto al facilismo, al menor esfuerzo, a lo inmediato y sin trabajo honesto.

El riesgo de que la sociedad acabe en medio de una guerra de mafias, destruyendo un país, siempre existirá a menos que realmente se desee ser un pueblo más instruido y educado. Y para eso (individuos, familias y pueblos: educados basados en principios y valores éticos morales), no existe una solución a corto plazo.

En palabras del economista Silvio Rodríguez Carrillo, diremos “no existe ni existirá una solución a corto plazo, porque la misma afectaría a los grupos de poder instalados y enquistados en la sociedad, y a los que el común de la gente les ha cedido el control. La única manera de revertir esta situación es con el trabajo de hormiga, hogar por hogar. Cada uno ocupándose de su metro cuadrado”.
Con todo ello, está claro que, si realmente buscamos mejorar, es mediante un cambio auténtico de conducta y de actitud, debiendo primar el respeto y el cumplimiento a los principios éticos morales, con unidad, paz, trabajo honesto e innovación. Como país se requiere menos gente “exitista” vanagloriosa (que busca como misión de vida, tan solo la frivolidad de la fama o la gloria) y más “gente de valor”. Tratemos auténticamente de marcar la diferencia, seamos verdaderos testimonios de vida.

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