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Dante N. Pino Archondo

La hora de la verdad


2022-05-29 - 19:21:42
La economía tiene resultados que son producto de las políticas que se adoptan. No se puede pedir utilidades cuando los gastos superan a los ingresos. Elemental querido amigo. Cuando esta situación se sostiene a lo largo de un tiempo, para cubrir la diferencia se tiene que acudir al endeudamiento. Esto es lo que viene ocurriendo en la economía nacional.

Tuvimos desde el 2008 al 2014 un sexenio de ingresos adicionales, a los acostumbrados, que significaron más de 50 mil millones de dólares. Y la realidad nacional no ha cambiado. La pobreza extrema, la falta de fuentes de trabajo productivas, el sistema de salud abandonado, la educación nacional con los peores índices de calidad en el mundo, la reducción de la frontera agrícola, con excepción de la coca, que obliga a importar bienes de la canasta familiar que antes se producían. Una industria nacional pequeña, prisionera en la cárcel del Estado que decide por ella. Una minería entregada al saqueo de grupos de interés disfrazados de sindicatos. Y una industria hidrocarburífera sin capacidad para ejecutar inversiones, convertida en la caja política de turno. Todo esto, crea una sociedad que del asombro ha pasado a la rutina de saber que todo ello forma parte del ser nacional.

Nos hemos acostumbrado a vivir de lo poco que podemos sacarle al Estado. Quinientos mil empleados públicos demuestran esta afirmación. A tomar conocimiento de la corrupción que se descubre todos los días en diferente ámbitos de la sociedad y convertirla en hechos rutinarios que ya no escandalizan. Tenemos la conciencia adormecida. A escuchar relatos inventados con los peores argumentos imaginables y darles la calidad de indicio o prueba legal. De ver como se encarcela con la mentira por delante y dejar que suceda. A lo mucho, en un esfuerzo supremo de imaginación, algunos piden reformas a la administración de justicia.

¿Qué está pasando? ¿Cómo hemos llegado a este punto?

Hay muchas respuestas. Yo digo que por fue por la permisividad social. Por esa visión cortoplacista que nos ha emborrachado durante 14 años de derroche y mal uso de los ingresos nacionales, que confundimos con la bonanza que nunca acabaría. Hay que ser autocríticos. Todos bailaron en el preste de esos años al compás de la banda de Evo Morales. Empresarios y trabajadores, cocaleros y agricultores, mineros y jukus (ladrones de minerales), clases medias enquistadas en la administración pública y organizaciones políticas. Todos bailaron y bebieron.

Sucede como siempre, al día siguiente de la borrachera, viene el dolor de cabeza. Una sensación de malestar producto de esos vapores de alcohol que se van disipando de apoco. Y luego está la realidad. Hay que volver a la rutina. Es cuando las cosas toman otro sentido. Percibimos a medias que algo está cambiando. Los economistas comienzan a advertir que los indicadores de deuda suben y caen las reservas internacionales, junto con el gasto fiscal que aumenta. Que las exportaciones tienen buenos precios, pero que hay millonarias subvenciones que se tienen que pagar. Que los niveles de inversión privada son pequeños y que el empleo informal e ilegal crece.

Nos están diciendo que vamos camino a una situación peligrosa. Que se necesitan medidas urgentes que potencien la inversión privada, que le den garantías, que se atienda al sector agropecuario ante la crisis mundial alimentaria anunciada, que se imponga la disciplina fiscal, etc. Estas advertencia no son escuchadas. Al contrario, se sigue por el camino del derroche anunciando la creación de nuevas empresas públicas.

El gobierno se alinea con las dictaduras oprobiosas de la región, es decir con las dictaduras que han convertido a sus sociedades en parias sin ley ni techo. Es porque quiere lo mismo para los bolivianos. Es porque considera que ese es el camino. Y no se equivoca.

¿De quién depende que esto se haga realidad, de ellos? ¿O de nosotros que ya es hora de organizarnos en una fuerza social univoca? Decida usted amigo mío

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