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Álvaro Riveros Tejada

Cambio de proceso


2019-11-27 - 22:15:48
En el preciso instante en que el autócrata descendía de la nave que acababa de aterrizar en el aeropuerto de México, notó que los huatos de su zapato estaban sueltos; fue ahí cuando comenzó a darse cuenta de la sombría realidad del exilio, ya que ninguno de sus acompañantes se brindó a encorvarse para atárselos.

De allí en adelante, su suerte estuvo librada a sus propias y limitadas facultades, entre las cuales la impostura y la mentira ocupan un lugar preferente. Entonces, al igual que el día en que alcanzó el solio presidencial y sólo sabía hacer aquello que sus prebostes del Foro de Sao Paulo le encomendaban, nació su régimen rodeado de serviles y zalameros que, diseñaron un gobierno dócil y complaciente para sus bajos instintos.

Con ese trillado discurso que nos hizo escuchar durante cada uno de los trece años que ocupó la Presidencia, convocó a sendas conferencias de prensa internacional, con la certeza de que podría embaucarlos, tal como lo hacía en Bolivia. Brindó entonces entrevistas de prensa, aviesamente permitidas por las autoridades mexicanas, violando descaradamente los tratados del asilo.

Con vehemencia arrolladora, el fantasma de la caída y el exilio asomaban otra vez,a la mente del autócrata,tratando de convencerlos y convencerseasí mismo, que su caída se debió a un golpe de Estado y no a sutimorata renuncia.Con el cinismo más grande afirmó: “En 2002 me expulsaron del Congreso por órdenes de la Embajada de EE. UU. para inhabilitarme, ahora me expulsan de Bolivia” ¿Olvidó acaso que México le ofreció asilo y hasta le mandó un avión que él aceptó?

Y así por delante, Evo incurrió en aberrantes embustes que harían ruborizar a unamomia. En esa sarta de falacias afirmó: “Hasta el día de mi renuncia no había ni un solo muerto, hemos cuidado que no se usen las balas contra el pueblo…” Soslayando el hecho que organizaciones de derechos humanos contabilizaron más de cien muertos durante su régimen, sin investigación, además, del enorme número de exiliados y encarcelados durante todo el tiempo que duró su mandato.

Es justo rendir un sentido homenaje a los señores médicos, que fueron los iniciadores de la caída de esa dictadura de la mediocridad, con un paro que se extendió por casi 90 días, reclamando infructuosamente su incorporación a la Ley del Trabajo, y la declaración de su sector, como estratégico al Sistema de Salud.

Muy distinto habría sido el destino de este insólito dictador, carente de los más elementales valores familiares y de probada insensibilidad social, sial menos una sola vez hubiese visitado el Hospital de Clínicas de La Paz, nosocomio construido hace cien años, con la misma infraestructura que ostenta hoy, y con profesionales médicos que, cumpliendo un apostolado más que un simple servicio, allí atienden a todos los más desposeídos detodo bien material.

Quizá en un momento de lucidez habría podido colegir el tirano que, más de un centenar de estos lazaretos pudieron haberse construido en lugar de su pueril y lujuriosa “Casa del Pueblo”, reflexión que sólo será realidad con un cambio de proceso.

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