Martes 09 de junio 2026

Yoani Sánchez relata 30 horas en manos de la represión cubana

VOA.- "Le habíamos creído al periódico Granma cuando publicó que el juicio era oral y público. Pero ya saben, Granma miente", señala Yoani Sánchez al contar en el diario madrileño El País su experiencia de 30 horas de arresto desde que ella, su esposo el periodista Reynaldo Escobar, y el bloguero Agustín López fueron detenidos mientras se dirigían a Bayamo para cubrir el juicio al español Ángel Carromero.


  • 06-10-2012
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VOA.- "Le habamos credo al peridico Granma cuando public que el juicio era oral y pblico. Pero ya saben, Granma miente", seala Yoani Snchez al contar en el diario madrileo El Pas su experiencia de 30 horas de arresto desde que ella, su esposo el periodista Reynaldo Escobar, y el bloguero Agustn Lpez fueron detenidos mientras se dirigan a Bayamo para cubrir el juicio al espaol ngel Carromero. La colaboradora de El Pas, arrestada el jueves y liberada el viernes, considera que al arrestarla le estaban permitiendo "vivir en la piel de ngel Carromero cmo se estructura la presin alrededor de un detenido. Saber en carne propia los intrngulis de un Departamento de Instruccin del Ministerio del Interior". En la conversacin con Radio Mart Yoani revel un detalle que no est en su crnica para El Pas: cmo sufri golpes en la cabeza y perdi un diente mientras se resista a que la desnudaran. Intentaron desnudarme. Me resist y lo pagu. El siguiente es el testimonio de Yoani Snchez al diario espaol: Me quisieron impedir llegar al juicio a ngel Carromero. Alrededor de las cinco de la tarde del 4 de octubre, un amplio operativo a las afueras de la ciudad de Bayamo detuvo el auto en que viajbamos mi esposo y yo, junto a un amigo. "Ustedes quieren boicotear al tribunal", nos dijo un hombre vestido completamente de verdeolivo, para inmediatamente proceder a detenernos. El operativo tena las dimensiones de un arresto hecho contra una banda de narcotraficantes o de la captura de un prolijo asesino en serie. Pero en lugar de tan amenazantes personas, solo haba tres individuos que deseaban participar de oyentes en un proceso judicial, asomarse al interior de la sala de un tribunal. Le habamos credo al peridico Granma cuando public que el juicio era oral y pblico. Pero ya saben, Granma miente. No obstante, al arrestarme, en realidad me estaban regalando experimentar periodsticamente el otro lado de la historia. Vivir en la piel de ngel Carromero cmo se estructura la presin alrededor de un detenido. Saber en carne propia los intrngulis de un Departamento de Instruccin del Ministerio del Interior. Lo primero fueron tres mujeres uniformadas que me rodearon y me quitaron el mvil. Hasta all era una situacin confusa, agresiva, pero todava no tena visos de violencia. Despus, esas mismas fornidas seoras me introdujeron en un cuarto e intentaron desnudarme. Pero hay una porcin de uno mismo que nadie puede arrancarnos. No s, quizs la ltima hoja de parra a la que nos aferramos cuando se vive bajo un sistema que lo sabe todo sobre nuestras vidas. En un mal y contradictorio verso quedara como "podrs tener mi alma mi cuerpo no". As que me resist y pagu las consecuencias. Despus de ese momento de mxima tensin le llega el turno al polica "bueno". Alguien que se me presenta diciendo que lleva el mismo apellido que yo -como si eso sirviera de algo- y que le gusta dialogar. Pero la trampa es tan conocida, se ha repetido tanto, que no caigo. Me imagino de inmediato a Carromero sometido a la misma tensin de amenaza y buen talante difcil de sobrellevar algo as por largo tiempo. En mi caso, recuerdo haber tomado aliento y despus de una larga diatriba contra la ilegalidad de mi arresto, me qued repitiendo por ms de tres horas una sola frase: "Exijo que me dejen hacer una llamada telefnica, es mi derecho". Necesitaba una certeza y la reiteracin me la daba. El estribillo me haca sentirme fuerte frente a personas que han estudiado en la academia los diversos mtodos para ablandar la voluntad humana. Una obsesin era todo lo que me urga para enfrentarlos. Y me obsesion. Por un rato pareca que haba sido en vano mi insistente cantaleta, pero despus de la una de la madrugada me permitieron hacer la llamada. Unas pocas frases con mi padre, a travs de una lnea evidentemente pinchada y ya todo quedaba dicho. Poda entonces entrar en la otra etapa de mi resistencia. La llam hibernacin, porque cuando se nombra algo es como sistematizarlo, crerselo. Me negu a comer, a beber cualquier lquido; me negu al examen mdico de varios doctores que trajeron a revisarme. Me negu a colaborar con mis captores y se los dije. No poda despegar de mi mente el desvalimiento de Carromero en ms de dos meses lidiando con aquellos lobos que alternaban con el papel de oveja. Una buena parte del tiempo toda mi actividad la filmaba una cmara que un sudoroso paparazzi manejaba. No s si algn da pondrn alguna de esas tomas en la televisin oficial, pero organic mis ideas y mi voz para que no pudieran ser transmitidas menoscabando mis convicciones. O les mantienen el audio original con mi demanda, o tienen que repetir la chapuza de sobreponerle la voz de un locutor. Trat de hacerles lo ms difcil posible la edicin posterior de aquel material. Solo hice un pedido en 30 horas de detencin: necesito ir al bao. Yo estara preparada para llevar la batalla hasta el final, pero mi vejiga no. Despus me llevaron a un calabozo-suite. Haba pasado horas en otro que tena una rara mezcla de barrotes y cortinas, con un terrible calor. As que llegar al saln ms amplio, con televisor y varias sillas, que desembocaba en una habitacin con una cama realmente apetecible, fue un golpe muy bajo. Solo de mirar el estampado de las cortinas, tuve el presentimiento de que era el mismo lugar donde haban hecho la primera grabacin que circul en Internet de las declaraciones de ngel Carromero. Aquello no era una habitacin, era un set. Lo supe de inmediato. As que me negu a acostarme sobre la sobrecama recin tendida y a poner mi cabeza sobre las tentadoras almohadas. Me fui a una silla en un rincn y me acurruqu. Dos mujeres vestidas de militar me vigilaban todo el tiempo. Yo estaba viviendo el dja vu de otro, el recuerdo del escenario en el que transcurrieron los primeros das de detencin para Carromero. Ya lo saba y era duro. Una dureza que no estaba en el golpe o en la tortura, sino en la conviccin de que no se poda confiar en nada de lo que ocurra dentro de esas paredes. El agua poda no ser agua, la cama ms bien pareca una trampa y el doctor solcito estaba ms cerca del sopln que del galeno. Lo nico que quedaba era sumergirse en los abismos del yo, cerrar las compuertas con el afuera y eso hice. La fase hibernacin deriv en un letargo auto provocado. Ya no pronunci una palabra ms. Para cuando me dijeron que me iban a trasladar hacia La Habana, me cost despegar los prpados y mi lengua pareca salirse de la boca por los efectos de la prolongada sed. Sin embargo, yo senta que los haba vencido. En un ltimo gesto, uno de mis captores tendi su mano para ayudarme a subir al microbs donde tambin estaba mi esposo. No acepto cortesa de represores, lo fulmin. Y volv a tener un ltimo pensamiento para el joven espaol que vio torcerse su vida aquel 22 de julio, que tuvo que bregar entre todos aquellos engaos. Al llegar a casa supe de los otros detenidos y de que la propia familia de Oswaldo Pay no pudo entrar a la sala penal. Tambin del pedido de siete aos hecho por el fiscal contra ngel Carromero y de la condicin de concluso para sentencia en que qued el juicio de este viernes. Lo mo era slo un tropezn, el gran drama sigue siendo la muerte de dos hombres y el encierro de otro.


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