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Marcelo Ostria Trigo

La alternancia, un tema de la democracia


2012-08-15 - 23:04:29

Hay señales que ponen en evidencia que el partido de Gobierno, con la anuencia de su jefe, ya ha resuelto que el presidente pugne en 2014 por la reelección. Más aún, hay sugerentes menciones del propio jefe de Estado sobre planes de su Gobierno que se extienden más allá de 2025.

No obstante, existe un obstáculo legal: la Constitución Política del Estado en vigencia solo permite una reelección presidencial. Ante esto se ha adelantado, como argumento para justificar el propósito reeleccionista, que el señor Morales fue electo –no relecto– en diciembre de 2009 bajo las nuevas reglas constitucionales, lo que le habilitaría para terciar en las segundas elecciones presidenciales de esta época. Las elecciones de diciembre de 2005 no cuentan, se afirma.

Pero cualquiera que sea el criterio legal que prevalezca, no impedirá que se recuerde que el continuismo de un caudillo es una mala idea, tanto para el país como para el que lo propicia.

Es más: “…la falta de alternancia y la consiguiente continuidad en el Gobierno, con reelección o sucesivas reelecciones, constituye, en principio, un eventual peligro para la gobernabilidad democrática y para la existencia plena de un Estado de Derecho” (Héctor Gros Espiell, en Alternancia en el Gobierno).

Los tentados a su perpetuación en el Gobierno han cargado con las consecuencias de su obsesiva ambición. Este es el caso del expresidente Alberto Fujimori, que procuró un tercer periodo presidencial en Perú, lo que ocasionó su caída.

Ahora, ese propósito releccionista ya es común entre los neopopulistas: el venezolano Hugo Chávez, empecinado en ello, intenta una nueva reelección, el ecuatoriano Rafael Correa también reformó la Constitución de su país con el mismo fin, el sandinista Daniel Ortega forzó a la justicia para que se le permita una reelección legalmente prohibida y a ‘Mel’ Zelaya su intento prorroguista le costó la Presidencia de Honduras.
Este afán ha cundido y se lo advierte también en la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner. Una de sus adherentes, la diputada kirchnerista Diana Conti, proclama constantemente la demasía de una ‘Cristina eterna’, con el no muy disimulado apoyo de la mandataria y del influyente grupo juvenil La Cámpora, de su hijo Máximo Kirchner. Por su parte, el columnista de La Nación, Fernando Laborda, ratifica esa intención: “En el ‘cristinismo’ se señala que no hará falta mucho para conservar viva la esperanza de una reforma constitucional que posibilite la segunda reelección consecutiva de su jefa” (12 .08.2012).

Se dirá que el pueblo reelige, favoreciendo la continuidad de una administración que le asegura bienestar y libertad. Eso sería cierto si no se supiera que en un régimen populista y prebendalista se está lejos de lograr prosperidad y justicia.

Si se aceptara que la reelección indefinida es una prueba de la voluntad de los ciudadanos, no se dictarían leyes que la prohíban, ni haría falta que los que intentan perdurar en el poder tuerzan las reglas para conseguir su propósito.

Por último, se trata de una cuestión de prudencia política. No es aceptable –y es riesgoso– que se entronice a un supuesto redentor, único e indiscutible. Esto impide, en el propio entorno del líder, el necesario recambio generacional. Es que los líderes también se agotan como figuras emblemáticas. Entonces se hace indispensable la alternancia en el poder.

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