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Fernando Rodriguez Mendoza

Desinstitucionalización fatal


2012-07-05 - 22:06:29

En cualquier país, las estructuras que componen el Estado son las instituciones. Sean grandes o pequeñas, las instituciones se convierten en referentes serios de organización, sin los que un Estado no existe. Es por eso que la institucionalidad consiste en cada una de las organizaciones fundamentales de un Estado, nación o sociedad.

Desde su fundación, en 1825, el Estado boliviano -Plurinacional o República- no ha podido conformar instituciones sólidas, capaces de resistir los avatares que la vida le ha ido poniendo en su curso histórico. SI bien han existido instituciones que en su momento fueron referentes serios y que se podía confiar en ellas, estas han sido la excepción que confirma la regla. Además, su referencialidad fue atribuible más a las personas responsables que a la institución misma.

A manera de ejemplo, tenemos una importante institución del Estado (aunque todas lo son) como la Corte Nacional Electoral, la que, dependiendo de quienes eran responsables de la misma, tenía o no seriedad, se la respetaba o no. Hubo una Corte en la que a sus miembros se los conocía como la ‘banda de los cuatro’ por las innumerables conductas casi delictivas en las que incurrieron. Con ellos, la institución perdió toda la seriedad y confianza que debía tener. Posteriormente, el Dr. Huáscar Cajias Kaufmann -eminente académico, periodista y una persona decente a carta cabal- asumió como Presidente de dicha organización. Su designación cambió totalmente la percepción de la población sobre la Corte Nacional Electoral, recuperándose, por directa relación de las personas que estaban a cargo de la misma, las cualidades de seriedad, responsabilidad y confianza que demandan sus actuaciones.

Son muchos los ejemplos que podrían citarse de los dos extremos que se presentan en una misma institución, dependiendo de las personas responsables de las mismas.
Lamentablemente, no se trata de situaciones anecdóticas. La desinstitucionalización tiene consecuencias graves, que si bien pueden no llevar al extremo de hacer desaparecer un Estado (casos existen como el de Somalia), sí los hace cada vez más débiles, sujetos a ser atacados desde adentro y desde fuera.
El crecimiento de la actividad delincuencial, la dependencia de la economía informal basada en el narcotráfico, la pérdida de respeto hacia el Estado, son algunos fenómenos que se explican a partir de esa debilidad estructural, que nos condena irremediablemente a que continuemos en nuestro camino barranca abajo.

Incluso se ha llegado a la situación de desinstitucionalización del municipio de Santa Cruz de la Sierra, el más grande del país. Está claro que revertir ese proceso en la Alcaldía cruceña va a costar demasiado tiempo, esfuerzo y recursos económicos, lo que perjudica la tónica de crecimiento de la región oriental. Una pérdida para los vecinos, para solaz de algunos pocos.

El problema de la desinstitucionalización del Estado boliviano es de data muy antigua, y lo preocupante es que ahora se ahonda todavía más. Resulta fatal no encarar la reconstrucción institucional seriamente para ver con algún optimismo el siglo XXI, que avanza rápidamente mientras el país continua estancado en el XIX con tendencia a ir más atrás.

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