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Carlos Rey

La silla desocupada


2012-06-25 - 23:06:21

Cuentan que la hija de un anciano le pidió al pastor de la iglesia cristiana de su localidad que fuera a orar por su padre. Cuando llegó el pastor, encontró al hombre acostado con la cabeza apoyada sobre dos almohadas. Al lado de la cama había una silla desocupada. El pastor supuso que la hija del anciano le había avisado de su visita.

—Supongo que me ha estado esperando —anunció.
—Yo no esperaba a nadie —respondió el anciano—. ¿Quién es usted?
El pastor se presentó y explicó:
—Vi la silla desocupada y pensé que usted me estaba esperando.
—Ah, sí, la silla —contestó el hombre postrado en cama—. ¿Me haría el favor de cerrar la puerta?
El pastor, algo desconcertado, cerró la puerta.

—Nunca le he dicho esto a nadie, ni siquiera a mi hija —le dijo el anciano—. Es que pasé casi toda la vida sin saber orar. Cuando iba a la iglesia, escuchaba al pastor hablar sobre la oración, pero no le hallaba sentido. Así que no llegué a orar sino hasta hace unos cuatro años, cuando mi mejor amigo me dijo: Mira, Juan, orar no es más que conversar con Cristo. Sugiero que hagas esto: Siéntate en una silla y pon otra silla en frente de ti. Por la fe, ve a Cristo sentado en esa silla. Eso no tiene nada de extraño porque Él prometió que estaría con nosotros siempre. Luego comienza a hablarle así como me estás hablando a mí ahora mismo. Así que lo hice, y me gustó tanto que lo he estado haciendo un par de horas al día. Pero tengo cuidado de que mi hija no me vea, porque si me viera hablándole a una silla desocupada, ¡pensaría que yo debiera estar en un manicomio!

Al pastor lo conmovió profundamente la historia, y animó al anciano a que siguiera adelante. Después de elevar una oración a Dios por él, volvió a la iglesia.

Habían pasado sólo dos días cuando recibió una llamada de la hija informándole que su padre acababa de morir.
—¿Murió en paz? —le preguntó el pastor.
—Mi papá se veía muy tranquilo, pastor. Antes de que yo saliera de compras a las dos de la tarde, me llamó para decirme que me amaba, y me besó en la mejilla. Una hora después, al regresar, lo encontré muerto. Pero había algo extraño. Parece que antes de morir, mi papá se inclinó y recostó la cabeza sobre la silla al lado de su cama.
El pastor se secó las lágrimas y dijo:
—¡Qué hermoso sería si todos pudiéramos morir así!

Lo cierto es que el deseo de ese pastor puede cumplirse también en nosotros algún día. Basta con que sigamos el ejemplo de aquel anciano, resolviendo desde hoy mantener una relación íntima con Dios mediante la oración. Cristo está a nuestro lado, esperando que iniciemos la conversación.

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