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Esteban Farfán Romero

Perder Un Hijo


2012-06-20 - 20:09:41

“Duerme con el pensamiento de la muerte y levántate con el pensamiento de que la vida es corta”. Proverbio
La noche del domingo pasado, Yacuiba recibió con mucho asombro y desconcierto la infausta noticia a la muerte trágica en un accidente de tránsito, del último hijo del presidente del Concejo Municipal de Yacuiba Jorge Arias Soto. Todos nos conmovimos mucho con la noticia. Hoy en la mañana fui el sepelio, y acompañamos a la familia en su profundo e inconsolable dolor. Mientras iba a la misa de cuerpo presente en la Iglesia, mientras acompañaba al cortejo fúnebre por las calles de Yacuiba, mientras ingresaba al cementerio, mientras depositaban el cuerpo yerto y sin vida de Diego Bebeto Arias Estepa en un nicho en el cementerio municipal, mientras regresaba a casa en el taxi, reflexionaba, pensaba, recapacitaba, reconsideraba sobre la muerte y la vida.

Una muerte de un ser querido (sea familiar o no) siempre genera dolor y sufrimiento, pero es más tormentoso aun cuando esta muerte es trágica, y ese dolor se incrementa aun mas cuando la muerte es de un hijo dependiente. No es natural que un padre entierre a un hijo, es antinatural. Lo que forma parte del ciclo de la vida es que un hijo entierre a sus padres y abuelos. Es decir, que se haya agotado el espacio de vida primero y después la muerte.

Sin duda es inconmensurable el dolor que se registra por la partida irreparable de un ser querido que uno ha engendrado, y en el que se siente la prolongación de uno mismo. Tanto tiempo compartido, disfrutado, amado. Muchas experiencias vividas que no morirán nunca, muchas lecciones aprendidas de los hijos.

No me imagino el insondable dolor que siente en este momento Jorge Arias Soto, su esposa, su hijo y su familia por este hecho trágico. Con duda que le costará muchísimo recuperarse de esta adversidad imprevista, porque Jorge Arias tenia depositado muchos sueños y anhelos en su hijo menor. Tengo muchas, profundas e irreconciliables diferencias políticas con el político Jorge Arias, pero no puedo ser indiferente ante el Jorge Arias humano. Es por ello que decidí solidarizarme plenamente con él y acompañarlo en su momento de dolor.

Cuando se pierde a un ser querido nos planteamos muchas preguntas, que quedan sin respuestas convincentes, sin embargo vamos entendiendo los ciclos de la vida, inevitablemente aceptamos que las cosas ocurren independientemente de lo que nosotros deseábamos o esperábamos.

Lo natural es nacer, crecer y morir pero cuando a un ser querido le llega la hora, sea como fuere, parece que nunca estamos preparados, como si fuera algo que nunca pudiera ocurrir, como si estuviera ajeno a nuestra condición de humanos. Nos creemos eternos, creemos que los nuestros son inmortales. Los jóvenes creemos que viviremos para siempre. Cierto día la muerte nos vivita y entonces pensamos en por qué no disfrutamos de esa persona, por qué no aprendimos de ella, por qué no la amamos con más intensidad, por qué no la atendimos, por qué no fuimos más expresivos, por qué no perdonamos, por qué por qué…. Muchas preguntas pero la respuesta está muy clara: debemos vivir con plena conciencia cada segundo, disfrutar cada paso de la vida, y acepta todo lo que ocurra con alegría y buen carácter.

La Biblia dice que “Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser vivo” (Gn. 2:7); por lo tanto, al haber procedido del polvo, volveremos a ser polvo dice el Génesis. (Gn. 3:19). El salmista David se pregunta “¿Qué hombre vivirá y no verá la muerte?” (Sal. 89:48). Su hijo, el sabio y rey Salomón dijo: “Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo” (Ec. 3:20). El apóstol Pedro es más implacable todavía, porque dice: “Toda carne es como la hierba, Y toda la gloria del hombre como la flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae”. (1 P. 1:4). Finalmente el apóstol Santiago dice con vehemencia: “¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco tiempo, y luego se desvanece” (Stg. 4:14). Jesús no habló mucho de la muerte, sino de la vida, porque Él mismo era/es la vida.

No deseo la muerte de nadie y menos de un ser querido, pero sí deseo que hasta que esa hora llegue sea capaz de vivir la vida intensamente, sin pensar tanto en lo que pasará y siendo más conscientes del presente, de lo que acontece en cada instante, por muy cotidiano que parezca. Para entender esto solo tengo que quitarme “el traje de romano” y abrir un poco mi corazón, sin miedo y aceptar a los que me rodean como son, disfrutando de ellos sin tantos prejuicios y complejos. Sin reservas.
Después de estudiar la Biblia y otros libros menores, he llegado a la conclusión que en realidad la muerte no existe, sino únicamente en el aspecto físico y ello me provoca una automática pérdida del miedo a vivir la vida, sin tapujos, sin complejos, enérgicamente, con todas mis fuerzas, amando lo que hago, aprendiendo e instruyéndome cada instante, cultivándome, defendiendo con todas mis fuerzas lo que pienso, aprovechando cada respiración, cada latido de mi corazón, cada energía para ser feliz y hacer feliz, hasta que Dios quiera.
Quiero vivir muchos años más, quiero que mi vida sea fructífera, útil, proverbial y sobre todo, trascendental. Quiero trascender en el tiempo. Sinceramente, no le tengo medio a la muerte, solo le pido que me dé tiempo para hacer lo que deseo y anhelo. Quiero morir como mi abuela, que supo en qué momento partía de este mundo, que presintió su muerte, le dio tiempo para despedirse de su marido e hijos. Quiero que la muerte me diga; “es hora de irnos, alístate que tenemos que partir”. Quiero despedirme de mi esposa e hijos, y seres más íntimos antes de ir a encontrarme con mi Señor.

Por ello no hay que preocuparse. No me cabe duda que tras la muerte, para las grandes personas están reservados los grandes lugares aquí y allá. Ese gran lugar es un regalo, y ese regalo es permanecer en los corazones de los que nos han querido y amado, en los que hemos querido y amado intensamente. Eso significa ser eterno y la eternidad es inmortal, imperecedera, sempiterna.
Termino con un poema de un grande, San Agustín. Tengo uno de Borges que es mi favorito y me impactó mucho, pero éste es breve y contundente. “Reflexión sobre la muerte”

La muerte no es nada.
No he hecho más que pasar al otro lado.
Yo sigo siendo yo. Tú sigues siendo tú.
Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo.
Dame el nombre que siempre me diste.
Háblame como siempre me hablaste.
No emplees un tono distinto.
No adoptes una expresión solemne ni triste.
Sigue riendo de lo que nos hacía reír juntos…
Reza, sonríe, piensa en mí, reza conmigo.
Que mi nombre se pronuncie en casa como siempre lo fue,
Sin énfasis ninguno, sin huella alguna de sombra.
La vida es lo que siempre fue: el hilo no se ha cortado.
¿Por qué habría yo de estar fuera de tus pensamientos?
¿Sólo porque estoy fuera de tu vista?
No estoy lejos, tan sólo a la vuelta del camino…
Lo ves, todo está bien…
Volverás a encontrar mi corazón, volverás a encontrar su
Ternura acendrada.
Enjuga tus lágrimas, y no llores si me amas. (Yacuiba 19/06/12).

* Periodista, analista político y docente.
E-Mail: efarfan@granchaco.com.bo
Web: www.granchaco.com.bo
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