PresentaciónTurísmoBlogshoybolivia | FacebookJuegosRSSYoutubeTwitterMóvil
Miércoles 23 de abril 2014 Contacto
InicioDestacadasEspecialesEconomíaPolíticaLa PazSanta CruzPaísMunicipalesMundoDeportes
EspectáculosCuriosidadesArte y CulturaHoy EventosMujer
           
Winston Estremadoiro

Negar el mayoritario mestizaje


2012-05-24 - 23:15:57

Impele a esta reflexión el deceso de Carlos Fuentes, escritor de florida vida en países y culturas diversas, de la que se apalancó para entender, y hacer comprender, a su México lindo y querido/ si muero lejos de ti/ que digan que estoy dormido/ y que me traigan aquí, que cantara Jorge Negrete. Aparte de un par de sus novelas, lo más cercano que mi asteroide cruzó su planeta fue Luis del Llano, condiscípulo mío en la Universidad de Houston, hijo de una dama de varias con las que el escritor mexicano, como dice la mitología lírica, se unció al yugo de los sagrados lazos del matrimonio. Visité a mi amigo en la ciudad de México, en una residencia del barrio de San Ángel con esa muestra de funcionalidad y elegancia que es la híbrida arquitectura mexicana.

Conocí algo del país de Carlos Fuentes y de su notable gente. Manejé con mi esposa de entonces, de Los Ángeles a Ensenada. Bordeando el Mar de Cortés por Hermosillo, Culiacán y Mazatlán; Guadalajara y México hasta Acapulco, donde, ingenuos, eludimos atestadas playas y nos dimos un chapuzón en una sin bañistas, hasta que un lugareño nos advirtió que por ahí vomitaban las aguas servidas de la ciudad. Iván Illich me invitó a dictar un curso en Cuernavaca, de la que más recuerdo los tequilazos a la hora de la oración con un vecino, ferrocarrilero “carrasclán” se decía, por partidario de Carranza en la Revolución Mexicana. Visité a un tío, embajador boliviano en el Distrito Federal, quien me alojó en la Zona Rosa; intrigado por ser excluido de la residencia, allí degustábamos un mejunje vigorizador preparado por él, cuya receta necesito ahora, cuando apareció una bella joven huésped; maldije sus propensiones de viejo leño verde, hasta que esa noche me presentó a una cuarentona y no menos agraciada novia suya. Todavía extraño la avenida Insurgentes y los boliches de montañas de conchas en la acera, donde menudeaban cócteles y seviches de blandas carnes de almejas estupradas a cuchillo de su contenido curador de la cabeza y levantador de muertos.   
            
Desde entonces mantuve una definición de México como país parecido en su diversidad a Bolivia, pero de mestizos orgullosos de su estirpe.

Si su tierra sufre periódicos terremotos, su devenir histórico no ha estado exento de sangrientas remezones sociales. Su traumática conquista por Hernán Cortés, posible quizá por Malinche y porque los aztecas presidían un imperio donde las resentidas etnias vecinas eran meros proveedores de carne, la propia. La pérdida de Texas, primero, y luego la mitad de su territorio a su voraz vecino norteño, que ocupó su capital e intervino en sus asuntos internos cuando le vino en gana. Imperialistas europeos que trataron de imponer monarquías blancas en un país moreno; surgió entonces el primer Presidente indígena de América Latina, Benito Juárez, que por su educación y porque hizo su norte la frase “el respeto al derecho ajeno es la paz”, difiere de uno cuyas intemperancias sufrimos. Autócratas anquilosados como estatuas de iglesia fueron tumbados por una Revolución de décadas de revolver el país, para terminar, dice Arturo Pérez Reverte, en que “las libertades se ganan a tiro limpio y se pierden después del último tiro, cuando los revolucionarios toman el palacio presidencial y llegan los truhanes, los mangantes y los mercachifles emboscados, para jubilar a los de la escopeta y hacerse cargo ellos de la situación”.  

No que sus pensadores hayan evadido descarnados análisis de su carácter nacional. Quizá el más conocido es “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz. A Carlos Fuentes le disculpo su antipatía de la frígida María Félix, pero censuro sus desacuerdos con el Nobel de 1990. Con un Presidente que se vanagloria de su ignorancia, y un Vicepresidente de 25.000 lecturas que jacta de ser jacobino y estalinista, hoy en Bolivia enfrentamos el resbalón hacia un socialismo totalitario “que nadie duda”, decía el pensador mexicano, “que puede transformar la economía de un país; es más dudoso que logre liberar al hombre. Y esto último es lo que nos interesa y lo único que justifica una revolución”. Ni siquiera se transformará la economía, con decenas de empresas estatales supernumerarias creadas a dedo, mientras los proyectos grandes siguen en manos de transnacionales y al mismo tiempo se ahuyenta la necesaria inversión extranjera. Y el ideólogo del cambio alardea que la savia del proceso es la conflictividad, cuando bien podría aseverarse que la savia del atraso boliviano se nutre del despelote social y la ignorancia.    

Tal vez fue la diversidad cultural y étnica mexicana, que extrapolada a la América Latina inspiró la visión de la raza cósmica en José Vasconcelos, para calificar el mestizaje latinoamericano. Tan atrasados estamos, que es tema pertinente casi un siglo después en Bolivia, donde rige una Constitución impuesta por mayorías ovejunas a minorías un poquito más despabiladas. Que pretenden embutir otro Censo en que al ciudadano se le arrea, cuando no se fuerza, a pertenecer a un revoltijo mal definido de cincuenta y tantas etnias y razas, tribus y culturas. Que la misma esencia del neo-indigenismo que impone el aimara militante y centralista al resto de los bolivianos, es negada por intereses cocaleros, y cocaineros, al atropellar el Tipnis. Que niega la opción libre de hacer borrón y cuenta nueva de sus variopintos abolengos, mediante la adhesión a un mestizaje de la variedad boliviana de latinoamericano.        

winstonest@yahoo.com.mx

Más publicaciones de Winston Estremadoiro
DATOS

¿Bolivia ganará demanda marítima ante La Haya?
NO
SI
Ver Resultados

Copyright © Hoybolivia.com Reservados. 2000- 2014
Optimizado para Resolución 1024 X 768 Internet Explorer 4.0, Netscape 4.0, Mozilla Firefox 2.0