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Marcelo Ostria Trigo

En medio de sobresaltos


2012-05-09 - 23:10:18

Bolivia ha tenido 84 presidentes, con un promedio de permanencia en el cargo de poco más de dos años y medio. Los golpes de Estado, a los que se suman los intentos fallidos, fueron muchos más. Así, nos hemos debatido por largo tiempo entre la inestabilidad y el miedo.

Aun durante el ‘proceso democrático’ iniciado en 1982, los sobresaltos no cesaron. Si no estallaba una abierta rebelión, se sucedían las marchas y los bloqueos con violencia. Las huelgas ‘salvajes’ fueron parte de la estrategia y de los métodos de acción de grupos políticos en pugna. En estas circunstancias, el clima fue tenso y, con frecuencia, peligroso.

La recurrencia de la intranquilidad, también ocasionada por las medidas ‘radicalizadas’ de protesta de algunos sectores, se la atribuía a la dispersión de los partidos políticos que resultaba en la debilidad de los gobiernos; incapaces estos de concitar el suficiente respaldo para garantizar la paz interna. En efecto, desde 1982 hasta 2005, ninguno de los que pugnaron por el gobierno, alcanzó más del 36 % de los votos.

Luego se llegó a las elecciones de 2005, en las que el Movimiento Al Socialismo (MAS) y su candidato presidencial, Evo Morales, captaron un respaldo ciudadano histórico: el 53% de los votos. Se podía discrepar con la oferta del masismo, pero se confiaba –o esperaba– que ese caudal electoral en su favor garantizaría un periodo sin sobresaltos.

Pero el legado del ‘masismo opositor’ se había enraizado como estrategia política: marchas, bloqueos, huelgas de hambre, todo con violencia subyacente. Los opositores de antes, ya en el Gobierno, no abandonaron sus hábitos y siguieron actuando de la misma manera. Y así se fue consolidando su ‘tradición’ de lucha.

Pero hay inventores que son víctimas de sus propios inventos. Está visto que esto le está sucediendo al régimen del MAS. Sus seguidores participan, según sus intereses circunstanciales, en las marchas y bloqueos en favor del Gobierno y en contra de él, como sucedió con el fallido ‘gasolinazo’ de diciembre de 2010. Actuaron entonces como se acostumbraron cuando eran fieros opositores.

Siempre se tuvo la convicción de que no hay otro camino para hacer que se escuchen demandas. Pero ahora se advierten otros signos en Bolivia: el Gobierno cede, pero oculta su intención de volver con lo mismo, cuando se aquieten los ánimos. Se trata de retroceder un paso, para luego avanzar dos. Ejemplos: la carretera por el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure y las horas de trabajo de los médicos. Esto es lo más cercano a un engaño perverso.

En este juego de idas y venidas, de avances y retrocesos, de provocaciones que increíblemente proceden del régimen, se va consolidando un permanente estado de incertidumbre e inseguridad, de miedo a la violencia cruzada y de sobresaltos que dificultan la armonía social que –¿quien lo diría?– ahora se la socava desde el poder.

Por otra parte, este es un tiempo de interdependencia de las naciones. La idea de un Estado aislado, en hipótesis o realidad, es un absurdo. Parte de lo que hace viable a un país radica en sus relaciones exteriores. Las convulsiones internas recurrentes no son, precisamente, las que dan confianza, ni las que concitan el respeto de la comunidad internacional. Tampoco es posible para un gobierno evadir ante el mundo su obligación de asegurar la paz y el respeto mutuo y convergente entre la mayoría y las minorías ciudadanas.

Seguramente, llegará el tiempo en que se comprenda que la simulación y la violencia, a la larga, no rinden frutos.

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