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Norah Soruco de Salvatierra

Autoridad y Poder


2012-04-28 - 00:49:43

Haber recorrido algunos años en el área pública permite conocer varias gestiones de gobierno, así como a sus protagonistas, con diferentes personalidades y estilos de gobierno pero con parecidas conductas durante el ejercicio del poder, unos más que otros pero que se remiten a una sensación de omnipotencia imperdurable, salvando las pocas pero valiosas excepciones.

En las últimas décadas, la investidura de la autoridad ha nacido del voto en un sistema democrático que sabiamente contempla límites al poder total, el principal, los órganos de legislación y fiscalización, que significan separación entre quien dicta la norma y quien la ejecuta, así como el control colectivo de cómo se programa y cómo se hace tal ejecución, indispensable cuando se manejan recursos que non propios ni particulares sino de la población, que en el transcurso de la gestión delega este derecho al órgano fiscalizador, ya que el juicio final sólo podrá aplicarlo en el voto en las siguientes elecciones.

Si con sabiduría y serenidad ese control cruzado se interpretara correctamente, fácilmente se podría colegir que la aprobación de tales órganos, sea en la instancia nacional, departamental o local, constituye para el gobernante la garantía de que su gestión se ajusta a las normas y procedimientos vigentes, habida cuenta que en general le corresponde presidir un aparato administrativo compuesto por  personas falibles y donde concurren intereses que no siempre conoce y puede controlar.

No obstante, no son pocos los esfuerzos que hace la autoridad por eludir esas instancias institucionales, entendiendo erróneamente que le impiden gobernar y por tanto, deben ser neutralizadas cuando no puede cooptarlas, mientras declara con vehemencia su plena adhesión y hasta defensa intransigente de la democracia y sus valores.

Cuando solemos decir que nuestra democracia es aún joven, denotamos menos a la teoría y más a la falta de práctica; es que hay quienes -por su origen de actividad o formación- les cuesta asumir la diferencia con la actividad privada, donde un empresario puede decidir correr los riesgos de hacer lo que mejor convenga a sus intereses, mientras que en el campo público  se está obligado a rendir cuentas; lo contrario, es en primer y último término, la denegación de la democracia.

La adscripción al sistema democrático no pasará de una “declaración retórica” si, cuando afecta la forma de poder del gobernante, se desata una verdadera guerra a quienes institucionalmente critican, observan o  rechazan sus decisiones y propuestas.

Por su parte, las funciones de control y fiscalización implican una grande y honesta  responsabilidad de quienes las ejercen, conlleva las condiciones de justificación argumentada y objetividad, ajenas al cálculo personal, político o entrabamiento de una gestión de forma premeditada, de las cuales también tendrán que responder ante sus mandantes.

Los componentes del órgano fiscalizador que corresponda, así sean elegidos conjuntamente o por la misma sigla que el gobernante, son ciudadanos plenos y seres pensantes que deben ser debidamente valorados y respetados; no se puede pretender de ellos una conducta autómata,  irracional y acrítica; de ahí porqué la crisis de los partidos políticos verticalistas, centralistas o camarilleros y porqué la sociedad ha estigmatizado a los denominados “levantamanos”, obligados a actuar creyendo que es buen militante y compañero aquel  que no señala errores ni cuestiona, conducta acogida con beneplácito por su beneficiario.

En democracia son dos principalmente las instituciones que controlan y fiscalizan a los gobiernos, los órganos formalmente constituidos y la prensa, pero como se ha visto son a los que más combate el poder. Desde el concepto de este tipo de gobernantes, ellos por haber sido elegidos por el voto ciudadano son sus únicos representantes y sus decisiones y acciones están muy cerca de la perfección y por tanto, son incontestables, con lo cual ha sido superado el caudillismo para ingresar en el endiosamiento.

Toda autoridad necesita poder para ejercerla, pero la autoridad nace de un buen ejercicio del poder.

* Ciudadana en ejercicio

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